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6 de marzo de 2014

Finales felices

Gerald salió de la estación del metro al norte de la ciudad era medio día y el sol se imponía en el cielo, comenzó a recorrer el ya conocido camino hacia su segundo empleo volteaba cada cinco pasos esperando ver el bus de la ruta 246. El sol quemaba el aire y la volvía pesada, el smog de los autos apenas lo dejaba respirar, las aceras pequeñas y la basura le hacían insoportable el camino no llevaba ni la mitad del trayecto cuando se dio cuenta que estaba harto, harto del calor, harto de un empleo mal pagado y otro sobré explotado, harto de no tener mas chiste que el que se cuenta una vez y pierde gracia estaba harto de la rutina de sus sueños inalcanzables había perdido la fe la creía secuestrada por la enfermedad de su padre postrado en cama desde que el tenia 16 años y obligandolo a trabajar para comprar las medicinas que necesitaba; cuando así de pronto lo vio tirado a media calle irrumpiendo con su color rojo carmín la monotonía de la ciudad enloqueciendo la seguridad de su rutina un pulpo se retorcía por el calor del pavimento se acerco a recorjerlo estaba viscoso y caliente era un caldo entre sus manos que lo miraba con un diminuto ojo y cuando sus miradas se cruzaron lo entendió todo, vio el universo romperse y volver a surgir se volvió omnipresente en el cosmos y dejo atrás toda ancla terrenal todo prejuicio posmoderno y al fin después de 15 años se sintió feliz por aproximadamente 10 segundos justo después fue atropellado por el bus de la ruta 246 murió al instante se desplomo sobre la calle pero en su cara destrozada aun se alcanzaba a ver una sonrisa y en sus manos chuecas las ventosas de un pulpo.





y como aviso de ocasion si tienen cuenta en youtube les agradeceria infinitamente si le regalen un like a este vídeo es un concurso para que apoyen el proyecto de una amiga que hace música hermosa y que debería contar con mas oportunidades.




19 de enero de 2013

El mole de mi tía [Personal]

Uno como estudiante foráneo, situado en un lugar alejado del de origen, separado de la familia, condenado a  comer pastas u otros platillos baratos a fin de economizar, relegado a las sopas instantáneas o frijolitos cocidos, y muchas otras situaciones tristes, se encuentra a la deriva culinaria, echa de menos la comida de la madre, y en mi caso de la tía.

Entre una de las cosas que amo de las vacaciones, incluido en el regresar a la ciudad de origen o el hecho de viajar, se encuentra INALIENABLEMENTE el degustar la comida de mi tía, en específico su mole.

    Sí, sonará soberbio, sí, el mole es uno de los platillos más comunes y sabrosos, sí, todas las mamás son las mejores cocineras, sí, ya sé que en la foto no se ve tan apetecible, o le faltan guarniciones, sin embargo presumo, es el mejor manjar. Podría vivir del mole de mi tía durante meses sin hartarme. No sé de cierto su receta, conozco que le pone muchos pero muchos ingredientes, conozco que esa receta ha pasado de generación en generación, reconozco que he intentado elaborarlo más de una vez y no alcanzo tal sazón; quizá la clave está en la pizca de amor que le pone mi tía, en la manera que lo sirve y que calienta las tortillas para probarlo con las más frescas y sabrosas.

    Para muchas de las matriarcas, en la manera de preparar alimentos se deposita esa unión en la familia, sí, quizás ahora vivimos en una época donde la familia o su concepto ha cambiado significativamente, pero creo y me atrevo a decir que la gran mayoría de nosotros, aún conservamos a una Tía o Mamá como la mía, en la cual todo su amor y cariño, y la unión se van demostrando poco a poco en la cocina, quien sonríe y para quién un decirle: "Gracias, estuvo delicioso" es la mejor manera de hacerla sonreír.
Sí, también sé que esta visión de la tía que cocina rico pudiera adecuarse al antiguo hecho del machismo mexicano, pero reconozcámoslo, son aquellas mujeres las que cocinan más rico.

Vicios los hay varios, manjares y placeres sobran en la vida de un estudi-hambre, sin embargo creo yo, que una felicidad tremenda es aquella que se vive cuando regresas por vacaciones a casa y encuentras allá en el hogar un plato de amor, mucho amor, más uno que otro guisado.


mfd


17 de enero de 2013

Y así lo descubrí

Gracias a todas la bandas que forman parte de mi colección de recuerdos.



Eso que cuentan de cuando estás a punto de morir ves una película de tu vida pasar frente a tus ojos es verdad, un día me sucedió y caí en cuenta que mi colección de recuerdos no era adecuada, le faltaba a mi vida la esencia, la esencia que me dictara el placer de vivir, por lo tanto, el de morir en ese momento también.

Afortunadamente tuve la oportunidad de modificar esto, me di a la tarea de buscar qué, cómo, cuándo y dónde era inmensamente feliz, ya que la hora me podía llegar en cualquier momento y a lo mejor esta vez no fallaría.

Quería que mi colección de recuerdos fuera especial, desde que soy pequeña amo la música y me di cuenta que mi ser explota al estar en un concierto: lloro, grito, canto, sonrió, me elevo, en pocas palabras se me desborda la alegría del alma; el ver en vivo a esas personas que con sus melodías me hacen sentir sublime, me pone y me pone muy bien.

Todo comienza meses antes del evento, esa cosquillita en la panza de estar contando los días y de maquinar el plan para el importante suceso, generalmente soy fan de llegar en metro, ir con un chingo de weyes que no conoces pero que sabes que pararan en el mismo lugar, después el número crece al llegar al recinto; las playeras, los tacos, el chupe, la banda conviviendo bien quitada de la pena, ¡ufffff! 

¿Genial no?

Después viene el nervio de ya querer estar adentro, a mí siempre me da un no sé qué por llegar corriendo, yo creo así se manifiesta mi euforia y para ser sincera es desde ahí donde saco mi cámara y comienzo a filmar mi película para ese día que me despida de este mundo.
El momento en el que se escuchan los primeros acordes, me hace saber y sentir que soy especial, que el universo conspira para verme sonreír, el deslumbre de los reflectores invade mi cabeza, el mugir del público acaricia mis oídos y mi cámara no deja de grabar.
Cuántas veces no cante esa canción en la ducha, cuántas no la dediqué o la escuche covereada por alguna banda en algún bar y ahora, ahora la escucho de viva voz de esa persona que tal vez no sabe que existo pero que será el personaje principal en alguno de los capítulos de mi vida.
Ya tengo una cinta larga, espero poder ponerle unos cuantos cuadros más...







JPS

12 de enero de 2013

Corazón Feliz


Para mi la felicidad radica en las cosas mas simples y también en las mas personales
Y también pienso que para saberte feliz antes debes haber estado triste, apachurrado y que te lleva la chingada por que solo así vas descubriendo lo que te hace  feliz, los cosas que aun en lo mas gris logran darle color a tu vida, y te hacen sentir si feliz aunque sea tan efímero ese momento.

Y a veces es complicado identificarlas, pasa demasiado por tu cabeza por tu corazón (ahh por que claro la felicidad se siente en el corazón) que uno no sabe que cosa causa cada reacción y por eso uno  puede sentirse totalmente devastado o triste  pero  en realidad solo es cuestión de analizar cada situación, cada momento y ver que si hay algo que te hace feliz siempre hay algo.

Suena sencillo pero a mi me ha costado trabajo.

Un error que cometo muy a menudo es dejar que mi felicidad radique o dependa completamente de las acciones de los demás eso es malo es de las peores decisiones que uno puede tomar

La felicidad creo yo la debes encontrar dentro de ti primero y ya de ahí vuélate papalote.

Eso es básicamente mi perspectiva acerca de la felicidad  tal vez puedan llegar a sentirse en comunión con mis pensares o tal vez no.

Pero les comparto lo que a mi me hace mas feliz y es crear, crear momentos, crear imágenes, eso me hace plenamente feliz aunque sea por ese momento pero me siento bien feliz  y les dejo una acuarela de un corazón feliz.   


7 de enero de 2013

Simple


“Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, 
Y las largas viudas que sufren el delirante insomnio,
Y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas,
Y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas,
Como un collar de palpitantes ostras sexuales
Rodean mi residencia solitaria…”
-[Wellawatta, 1930]/ Residencia en la tierra, I, 1933
Pablo Neruda

*Saludos cordiales a todos los lectores lunares de este sitio, a nombre de todo el equipo de lunáticos espero hayan pasado unas calurosas y especiales celebraciones. Muchas gracias por habernos acompañado durante este tiempo desde el día de la creación de  este lugar en el espacio blogueril, les deseamos un feliz año lleno de muchas sorpresas. :D

Mi salida a las 6 am

El tema fue un poco complicado, las cosas más simples tienen: explicaciones complejas, son –creemos que son- difíciles de alcanzar y siempre tienen un valor inestimable.
La mía es sólo esta explicación.

Cada día desde hace algunos años te despiertas a las seis “á eme”, ninguno de los habitantes en la morada se ha levantado; diciembre-enero siempre es tan helado que al abrir los ojos en medio de la oscuridad al asomar el rostro, la punta de la nariz –que es la punta más graciosa del cuerpo humano- se percata con lo gélido que huele el aire. Después de quitarte las cobijas has bajado a presionar unos botones y moderar la temperatura de la casa para los demás, subes instintivamente cada escalón de cerámica en color maple sin ver en nada cada paso con la mirada entrecerrada, afuera está tan oscuro como boca de lobo y las farolas del parque están apagadas, esperas otros cinco minutos bajo las sábanas temblando los dientes de frío.
Tomas un baño con el agua caliente como se puede; la dejas tocarte por todo el cuerpo, desde la parte del cráneo, esa donde azotaste la cabeza después de una extracción de muela, que fue producto de una mala inyección de anestesia que te hizo convulsionar en el piso; pasando por tus labios secos y azules por la falta de irrigación sanguínea, para después caer sobre tus senos visiblemente afectados por la temperatura con cada poro de piel bien marcado, hasta sentir el agua tocando la punta de tus dedos fríos justo cerca del callo de un mal uso de zapatos escolares o cayendo graciosamente por tu codo derecho saltando de la punta de la cicatriz de una quemadura de cigarro.

Sales, te cepillas los dientes y te acuerdas de la primera hoja de un libro de Cortázar, te deslizas con poca claridad de la puerta del baño hacia tu habitación que no ha dejado de ser helada; una vez vestida con el uniforme médico bajas y tomas un cereal. No hay tiempo de comida caliente. No hay tiempo de ningún otro alimento; nuevamente te cepillas y cargas una bolsa roja de tela en algodón llena de Quiroz, Netter, Goodman, Guadalajara o una buena copia ilegal de un libro de neurología.

Abres la puerta y afuera apenas ha clareado el día, el brillo de rocío congelado sobre los autos te recuerda que no llevas saco o bufanda, después de regresar por uno te subes indolente al frío para empezar a calentar el motor, apagas la radio, no buscas ruido alguno. Tu concentración se dilapida en medio del vapor del cofre en cosas como la señora Gutiérrez con un pie diabético, el caso de bioquímica que no resolviste porque eres pésima en matemáticas, en el examen del próximo mes de farmacología, en que le dijiste demasiadas cosas bonitas por un “sms” al despertar y sólo te contestó con un “hola”, en que llegarás a la biblioteca y fingirás no verlo mientras buscas en la sección de Gastroenterología. El motor está listo.

Sales de tu casa pensando en todo lo que harás hoy y que hoy de nuevo comerás sola en la única hora libre que tienes en un turno de doce horas continuas de siete a siete, en que estarás en la biblioteca, en la fonda de las vecinas o sentada en una banca negra. En que llegarás a casa de nuevo, cenarás rápido, te conectarás al portátil y empezarás a hacer tu trabajo esperando que en el inter se conecte platiquen y tu tiempo sea menos pesado y más entretenido hablando con él. Vas doblando la glorieta lentamente y después… después viene la mejor parte de tus malditos días  de los trescientos sesenta y cinco que se carga el año.

...Está amaneciendo...

Un mancha morada asoma del azul índigo que procedía del negro de la noche, el tono malva se enrojece levemente y se rocía con rubíes en lo lejano, poco a poco se tiñen de coral los horizontes donde sólo hay arena y lejanía, no hay nubes, este es un gran día. En cuestión de minutos la mañana se abre en sí misma a mis ojos, teniendo como espectadores un guardia de seguridad, un perro sin dueño y mi humilde persona en un carro viejo. El rosa sin embargo no tarda en ser suplantado, pronto saetas naranjas se cuelan simplonas y amelonan el cielo y la luz se hace para el reino de lo helado y lo callado; abajo la tierra se hace noble y se oscurece en señal de que el astro rey ha llegado. Unas manchas amarillas le rodean y el brillo no puede ser sino enmudecedor. No se habla, sólo se observa otro día más en que las cosas pueden ser buenas.
En que no es mi cumpleaños, en que no es verano, que veré a alguien que quiero, en que escucharé de camino a Sharon y en que simplemente, alguien arriba, me ha dado un regalo.

Esa cosa tan simple y tan diaria es la que me hace feliz.

Mantarraya sonriente en Sea World, San Diego.


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