Mostrando entradas con la etiqueta Miedo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miedo. Mostrar todas las entradas

12 de mayo de 2013

Goodbye Lenin



Prólogo:
Un tribunal integrado por Platón Sánchez y Manuel Aspiroz, condenó a muerte a Maximiliano, Miramón y Mejía siendo fusilados al pie del Cerro de las Campanas a las siete de la mañana del 19 de junio de 1867. Algunos curiosos del pueblo se aproximaron al lugar ese día y a una distancia moderada veían impasibles aquellas escenas. Maximiliano sacó de su bolso un puño de monedas de oro que repartió entre los soldados del pelotón, les pidió de favor que le apuntaran al pecho << a expensas de que su muerte fuera instantánea >>... Maximiliano separó su larga y rubia barba echándola hacia sus hombros y mostró su pecho. Se dio la indicación al pelotón y a la voz de "¡fuego!" se detonaron las descargas mortales. Siete eran los soldados que formaban parte del fusilamiento del Archiduque Maximiliano de Habsburgo, al lado de los generales conservadores Miguel Miramón y Tomas Mejía, sólo se habían encontrado seis balas en su cuerpo de las cuales tres habían infligido heridas mortales, uno de aquellos soldados se había negado rotundamente a disparar.
***
Este tipo de historias pocas personas las conocen y yo, estudiante médico, solitaria, fatigada de la vida y de todo tono rojizo y gris de atardeceres y tormentos, siempre me sentí atraída por los lados más enigmáticos de la historia universal y mexicana. Existen aquellos eventos que no tienen descripción, que siguen siendo un misterio en páginas blancas de anales enteros de guerra y derrocamiento. Cuerpos que flotan en ríos fríos, cuerpos congelados y mutilados de familias enteras en escarpados sismos de montes obtusos y bosques laberínticos; locura y demenciales acontecimientos imbricados en pintores, inventores, escritores y músicos de siglos en que el mundo aún se escondía en la oscuridad de los mitos y la ignorancia de la verdad. Pero... existen incluso verdades tan temibles que cimbran en las sienes de algunos un horror y un vértigo que dificultan cualquier respiración y que no pertenecen a la historia general, si no a la historia personal.

***
Foto del piso-acuario en Ying Yang

MOLLY: A LETTER TO LUCY

I.
Me siento a veces entre Escila y Caribdis,
cantando palabras sueltas de canciones complejas,
fastidiándome en oscuros rincones sin dormir,
sonriéndole a personas que nunca me han visto llorar.

Me siento al final de muchas decisiones,
platicando de abismos profundos con idiotas frecuentes,
pienso en lo que he perdido por siempre
y en lo que jamás había querido ganar.

Ciertas noches te busco en Twitter,
pensando en la desertificación de tu laboratorio,
en la oscuridad de la noche del parque en que tu risa
era un llanto desconsolado por mi traición.

No hace falta decir que siempre sentí miedo;
siento la tierra del suelo subiendo por mis piernas,
cada paso que he dado me ha  acercado a mi entierro
y siempre sentí miedo a tu mano tocándome entera.

Todas las cosas que siempre quise vivir
se han ido destilando en dudas y dunas de soledad,
me han sumergido en frías noches sin sueño
y me han alejado cada vez más de la realidad.

¿Recordarás los Malboros, a Barbie y el Blackpearl,
las noches en facebook a punto de colapsar de sueño?
¿Te acordarás de lo regalado los flyers y mi labial
aún cuando yo ya soy sólo un fantasma menos?

Siento un dolor punzante cruzándome el pecho,
desde ti, siempre miro sombras y figuras altas sin forma,
gritándome desde sus bocas invisibles hacia el techo.
Desde ti consumo Jägermeister y fumo fuera de cualquier norma.

Desde entonces ya no soy yo frente al espejo,
soy alguien con historias bajo los ojos y sonrisas extraviadas,
desde ti soy One day y Sunday girl,
porque después de ti no pude ser otra cosa.

II.
Hoy te vi en la noche de nuevo, bajo una feria de hojas
secas, muertas, temblando de miedo.
Mientras mis brazos perdían su fuerza,
mientras mi boca no podía gritarlo.

Tres cicatrices se quemaron en mi piel aquella noche,
y tú jugabas a ser Dios en plena entrada al infierno,
cuando antes propugnabas por protegerme
volando con tus ideas de alas rojas, tú ángel negro.

Ya no recuerdo la noche misma, bajo tantas pastillas,
en medio de beodos, distraídos y sofismas,
no recuerdo y prefiero pensar que no sucedió
pero viene y con ello siento que no puedo.

Miles de veces cruzaron filosas cavilaciones
como flechazos a mis memorias remitidas,
miles de veces el oxígeno se acabó y sólo quedó
de esa noche cien años de invierno.

Posgrados, I can't breathe, Palma de Mallorca,
vampiros, discos, impresionismo, Laika the russian space dog,
antidepresivos, Remedios, Correos y Clochards
un suicidio y a eso se resumen los más remotos recuerdos.

Tenía calles, tenía conversaciones,
tenía fotos de los lugares que recorría entonces,
tenía el cabello negro hoy es un nido vacío,
tenía una sonrisa y en su lugar quedó la ruina.

Tenía alma y se llenó con silencio,
tenía fe... y desde entonces no la recuerdo,
tenía vivas las manos, tenía muchísimo tiempo,
escuchábamos siempre Host of a ghost,

Y mientras el mundo afuera hablaba,
la guerra crecía, y el dióxido por los cielos,
éramos tú y yo, dos demonios aplastados por
luces incandescentes y un flash yendo y viniendo.

¿Qué era el mundo si no nosotros y nuestra muerte?
¿Qué era el tiempo si no un día del mes en Sunland?
¿Quién era quién desde un principio en el sofá
cuando sabíamos ambos que eramos el peor de los venenos?

Esos... son mis monstruos y esos son mis miedos.

16 de octubre de 2012

El rosario de Angélica Altagracia [Micronarrativa]

Casi nunca salgo los domingos, es el único día de la semana en que puedo descansar, es tanto mi ocio que ni siquiera tomo en cuenta los desesperantes sonidos del despertador. Casi nunca logro alcanzar un litro de menudo calentito de Doña Maruja Simanca, a las nueve de la madrugada ya no queda ni un sólo bocado de las dos enormes ollas que elabora dominicalmente. Ese día fue la excepción, no pude dormir nada, ni siquiera con horas de sueño atropelladas que tenía semanas antes, por lo que no sólo pude alcanzar a las seis una buena porción del alimento de dioses marujano, sino que tuve la oportunidad de conocer el esquinero de vendimias que se posaba en la zona turca de la capital. 
      Eran las ocho, pero por el horario de otoño el sol tardaba en salir, las calles conservaban aquella oscuridad que hacía que las personas dudasen en si era tarde o temprano. Algunos puestos ya estaban instalados, cuánta gente extraña, cuántos rostros misteriosos una y otra vez, mujeres de piel canelosa y ojos turquesa; hombres de barbas negruzcas, una anciana con un ojo de vidrio mirándome estrepitosamente a contraesquina del Café Bagdad. Sentí una náusea tremenda, quería abandonar el lugar, un callejón en donde sólo era un extraño, un sonámbulo que cualquier otro domingo seguiría pegado a las sábanas. 
      Pensé en la muerte, pensé en mi divorcio con Armida, pensé en los multiples fracasos como educador, pensé y me vi a mí mismo como un personaje de Carlos Fuentes. 
Me percaté también de que en el callejón turco, pese a su localización céntrica, las campanadas de la catedral de Nuestra Señora de Monteclovio no se escuchaban, quizás el sonido de las castañuelas de medio oriente engullían el repique judeocristiano; superposición inmediata de divinidades, duelo de deidades, fascinante pero provocante de agruras y estruendos en mi aparato digestivo.
        Me acerqué a uno de los puestos, allí había un rosario, escuálido, de colores que alguna vez emanaban un verde vida pero que ahora parecían rocas chapadas en musgo. El rosario me hablaba, algún susurro salía de su interior, lo tomé con mi mano y lo acerqué a mi oído derecho. Ruuuubéeeeeen - me decía.
-¿Qué quieres, quién eres? -  Ruuuubéeeeen - ¿Quién eres? - le preguntaba.
Entonces, inmediato a mi interacción con aquella reliquia que parecía de principios de siglo, un turco me dijo con un acento desgarrado que aquella vendimia me costaría barata por ser el primer cliente en pararse frente a su sitio.
No sé cuánto pagué, me sentía himnotizado por el objeto, aquel susurro pausado que emanaba mi nombre.
- ¿A quién le perteneció esta cosa?- el gitano no dijo nada.
- ¿conoce usted la historia de este artefacto? - insistí. Aquel hombre me miraba con un desprecio y sonreía macabramente.
Metí el artículo en mi bolsillo derecho y seguí caminando, esa náusea, ese asco, ese pensamiento a muerte me rodeaba como moscas, comencé a toser, me rasqué la cabeza y de improviso jalé sin dificultad un denso mechón de mi cabello, se estaba cayendo con facilidad, ¿qué me está pasando?

       Con las fuerzas que me quedaban, logré dar vuelta en la calle Alfaro y pude subir a mi departamento, jamás me parecieron más eternos los veintiséis peldaños que de a diario subía para adentrarme a mi hogar.
-Rubéeeen.- suspiraba el artefacto sacro- Tú no me conoces, pero yo sé quién eres...
En delirio logré sentarme sobre el colchón, comencé a mirar borroso, no podía hablar, vomité el desayuno divino, debió haberme hecho daño, aunque atribuía mi malestar a mis desgracias mensuales, no quería aceptarlo pero estaba convencido de que aquel objeto estaba controlándome y que sus suspiros, suspiros de una mujer, me estaban tragando la poca alma que me quedaba.
         Caí en sueño, no sin antes, con la borrosidad en la vista, creer ver una silueta difuminada sentada en la mecedora de a lado, alcanzaba a distinguir un cabello rubio casi blanco, un vestido elegante, luego los ruidos dejaban de escucharse en el rosario y se perpetraban a lo largo de mi cuarto.
-Rubéeen, no me conoces pero quieres estar conmigo... lo sé.
Ipso facto escuché una risa que no parecía de este mundo, y en sueño caí.

Desperté tiempo después, era tarde, y el clima era similar al de la mañana, la misma sensación a horas menudas en que el sol o sale o se posa, tembloroso y con marcas en mi cuello, aterrado bajé corriendo esperando encontrar al gitano que me vendió la pieza y reclamarle el sentimiento y pavor.

       Continué pensando en la muerte, en mi divorcio, pero también embelesado por aquel súcubo, aquel demonio de quién no sabía nada y a quién deseaba de una manera enfermiza... bajé por la calle principal, el callejón turco comenzaba a empacar para irse sabrá Dios a dónde. 
¡Ay destino, ay cruento destino!, mi mano sangraba, tenía tan apretado el artefacto a mi mano que una de sus incrustaciones se enterró a mi piel y comenzó a brotar el líquido de la vida, busqué con la otra mano al gitano, todos parecían el mismo, un organillo sonaba una tétrica canción, no escuchaba los repiques del templo, estaba solo en tierra hostil. 
           Al fondo de la calle, sin inmutarse, la vieja del ojo de vidrio me miraba con una sonrisa maquiavélica.
-¿Dónde... de quién... de qué es este rosario?- le pregunté.
Ella se río y después de un tiempo miró mi brazo ensagrentado y me comentó que dicha reliquia le había pertenecido a Angélica Altagracia, una marquesa de siglos pasados que había emigrado a México, muchos decían que solapaba sus prácticas de brujería en arte sacro. La señora, riendo, me comentó que Altagracia había sido hacía algunas vidas, la amante del mismísimo Lucifer, sé que no dijo Lucifer, dijo un nombre en Turco, pero luego me hizo la aclaración de que algunas entidades tenían más nombres que siglos transcurridos en el planeta.
Mis pies temblaron, a lo lejos miraba a una mujer... era ella, Angélica Altagracia, ya no tan borrosa. Los cientos de turcos a mi alrededor, incluida la señora del ojo de vidrio se quedaron congelados; en el cielo palomas suspendidas sin moverse como volando, aquel demonio había detenido el tiempo y se acercaba lentamente. Yo no podía mover más que mis ojos, intentaba gritar, salir del dolor, pero no lograba nada.
Entonces, viendo su siniestra marcha, acepté mi destino, pensé en mi divorcio nuevamente, pensé en el caos y la podredumbre de aquellos chiquillos malcriados a quienes instruí en sus clases de geografía. Pensé en mis pocos amigos que me llamaban tartamudo o se burlaban de mí.
          Ella es la indicada, Angélica Altagracia es la indicada, ya viene en camino, su cabello es rubio rayando a lo blanco, no tiene pies, está flotando y sus manos no tienen carne ni piel, son dos huesos.
Sé que no tiene ojos, ya la veo claramente, hay dos cuencas y sé que en el fondo de ellas hay un espejo, sé que en su boca hay muerte pero esa muerte es una salida divina. Ella tiene lo que busco, el vacío que busco, la muerte que busco, ella lo tiene...
El rosario se está quemando en la palma de mis manos y ella ya está a unos metros de mí... ahora la escena de gitanos está al pendiente, como aplaudiendo nuestro encuentro.
Angélica, Angélica del demonio, sé que seré un amante más, un alma a tu colección, sé que usarás mi espíritu y lo engullirás con la alegría y la náusea con la que yo comí el menudo.
Angélica, estás suspirando mi nombre,
estás cada vez más cerca de mí...
Angélica Altagracia, has pescado un pez grande...
Angélica...
Angélica...
An-gé...

***
mfd

14 de octubre de 2012

La desaparición del cadáver de Ernesto



Mientras mi novio fallecía en la cama, yo me encontraba al borde de un pensamiento tardío a una solución. Santi se encontraba ahí acostado débil como alfeñique, caquéctico por la cantidad de días que había dejado de apreciar la comida, su facies hipocrática me recordaba a cualquier coma premortem, el pobre vaya… ya no respondía a mis caricias y su respuesta a mi voz tardaba cada vez más en volver…

Lector lo que estoy a punto de describirle le parecerá difícil de creer, pero ante todo le pediré que abra su mente, que cierre sus labios y de ser posible que ponga mucha atención.

Aquella noche fue un jueves once de octubre, afuera el ambiente estaba muy húmedo, los relámpagos caían con tanta frecuencia iluminando los nubarrones negros y ningún trueno se escuchaba. Iba manejando rumbo a mi casa después de haber tenido una noche muy ocupada en el hospital donde trabajaba y lo único que quería era llegar y dormir; fue entonces cuando giré para estacionarme que lo vi tirado frente al árbol que se encontraba en medio de la cochera, inmediatamente me bajé a revisarlo, estaba totalmente soporoso y balbuceaba palabras que apenas entendía.
  • ¡No.. murió, murió!
Preocupada lo metí a la casa y lo recosté en el sillón de la sala, fui por mi material médico para determinar que le sucedía pero cuando volví se encontraba en un shock indeterminable, simplemente tenía un perfil enjuto más allá de su delgadez normal, sus mejillas estaban hundidas, la nariz se le había afilado,  tenía sus globos oculares más afuera de lo normal como si algo lo hubiese impresionado fuertemente; revisando un poco más encontré que había cianosis en sus labios que otrora fueran más rojos que los míos y estaba completamente deshidratado.  Inmediatamente lo subí a mi cuarto con dificultad, su actitud era apenas instintiva y puesto que tenía su cabeza contra mi hombro oía su respiración acelerada a través de aliento sobre mis oídos, su boca espiraba tan fuerte que movía con insistencia los bordes de mi blusa además de que se encontraba sudando demasiado.

Cuando lo recosté vi a alguien muy diferente de la persona que había estado amando por estos tres años, sin embargo finalmente cuando logré estabilizarlo en lo posible me retiré a darme una ducha. Salía de bañarme pensando todo el tiempo en que se trataba de probablemente de alguna situación de ansiedad o que lo habían robado y por eso estaba tan asustado, me acerqué hacía el espejo con el cabello aún mojado, el vapor inmediatamente empañaba el vidrio cada vez que yo pasaba mi mano y me observaba entre movimiento y movimiento pensando en que estuviera bien, en lo que podría haber ocurrido, pero fue cuando pasé mi mano por el espejo cuando lo vi detrás de mí con la mirada fija, me había asustado de tal manera que al voltear para verlo directamente había apoyado mi mano sobre un par de vidrios que había dejado en la mañana cuando rompí un vaso que usaba para enjuagarme la boca, pero al voltear él no estaba. Tome una de las toallas y la enrede en mi mano, fui a revisar a Santi y se encontraba despierto pero sin moverse, me acerqué a él con precaución y al mirarlo tenía los ojos entreabiertos con una mirada interrogante y ansiosa, su mentón estaba prominente como si hubiese deseado decir algo, sus ojos estaban pálidos secos y vidriosos, denotaban dolor aunque no sabía de qué sufría; me acerqué un poco más intentando moverlo pero sus movimientos eran lentos y torpes cada vez que probaba sus reflejos, ya había tomado una coloración azulosa alrededor de la mirada y una palidez extraña y marmórea en el rostro, su boca se hallaba entreabierta,  y en sus mejillas había unas manchas héticas, su respiración –sentía mientras lo observaba- se iba desvaneciendo con cada minuto.



  • ¡Santi háblame!, ¡Por Dios dime qué sucede, ¿qué te pasó?! ¡SANTI!- Finalmente pareció escucharme y su mirada vaga se torno hacia mí.
  • ¡Paulina, mi tío me visitó!- Finalmente había exclamado y me lo dijo con tal pavor que casi creía que me lo decía como si de verdad hubiese visto a su tío en vida; sin embargo pensé que se había tratado de un mal sueño y que debido a su cardiopatía sólo se encontraba mal por el susto. – De verdad Paulina lo vi, estaba al pie de mi cama parado con su postura militar frente a mí, él me advirtió, me dijo que… nos dijo que… ¡El día en que se muriera nos visitaría!, ya visitó a Rodolfo y a Héctor, debo seguir yo!
  • ¡¿De qué hablas Santi?, pero si tu tío ya falleció ¿cómo te va a visitar?!
  • De verdad Paulina, no te miento, el me visitó.
  • Estás loco, seguramente fue una pesadilla o lo alucinaste.
  • No Paulina de ver…- pronto un grito ahogado escapó de su garganta y empezó a retorcerse en la cama de dolor y tan sólo medio minuto después se quedó quieto y… falleció. Horrorizada sin saber qué hacer llamé al hospital, necesitaba determinar de qué había muerto. Llamé a sus hermanos Héctor y Rodolfo, ambos se escuchaban asustados y empecé a preocuparme de que también pudiera pasarles lo mismo que a Santiago, eran amigos cercanos míos y no deseaba lo mismo; después de que los de autopsias habían llegado para llevarse el cadáver y después de responder unas preguntas me dirigí hacía la casa de Héctor.

Al tocar a su puerta nadie abrió, grité por su nombre hasta que finalmente la puerta cedió, era él y estaba pálido, delgado igual que Santiago y tenía su mirada paralizada, entré lentamente y me siguió hasta el comedor, encendió una gran vela de un olor extraño que empezaba a impregnar la casa entera; sentada frente a él empecé a interrogarlo.

  • ¿Por qué te ves así, qué te pasó?
  • Paulina estoy muy mal… no he podido dormir, no he podido comer, estoy muy asustado.
  • Pero ¿por qué?
  • He estado viendo a mi Tío Paulina, con su cara rectísima, ese adusto mirar, su garbo imponente y ¡ese estúpido traje militar!
  • Pero qué dices, estás loco, su tío ya falleció, ¡está muerto!
  • ¡Paulina eres una tonta, no sabes lo que sucede!
  • ¡¡Pues dime!!- Le dije con las lágrimas brotando tal epifora sobre mis ojos. -¿Qué no te das cuenta? ¡Tu hermano falleció, mi novio murió, ¿qué no entiendes!
  • Paulina lo siento, es que no, no es posible, pero necesito decírtelo, a Santi ya se lo llevaron y no quiero ser el siguiente, quiero decirte todo- Cerré mi boca y mi expresión denotaba desesperación y miedo.
  • Dime…
  • Hace tres días nuestro tío Ernesto falleció, pero hace una semana antes nos había mandado llamar, él deseaba que nosotros lo cuidáramos cada uno por dos días, sabíamos que él estaba a punto morir y no queríamos realmente estar cerca de él hasta que pasara, tú sabes lo terrible que es ver morir a alguien… ¡fuf!... el último día antes de su muerte acudimos con él, nos sentíamos culpables pero in articulo mortis nos miró y dijo fuertemente “No quisieron acompañarme, yo que los he cuidado, y ya verán, ¡cuando me muera los visitaré a cada uno y vendré a llevármelos conmigo!”, después de que dijo eso algo en su garganta pareció atorarse, tenía movimientos carfológicos y después dejó de moverse… pasó a mejor vida. Los tres estando aterrorizados vimos como un líquido blanco escurría de su garganta llenando toda su boca, el cristalino de sus ojos cafés se había opacado totalmente como una nube blanca, su boca estaba seca y entre abierta, los ojos se le habían hundido al igual que su piel acartonada, y el estomago finalmente se había hundido. Estaba rígido y en ese momento no lo tomamos en serio Paulina, en ese momento sólo nos fuimos callados; después del velorio nos fuimos juntos detrás del ataúd rumbo al cementerio que se encontraba en la colina a las afueras de la ciudad, los tres subimos lentamente detrás de mis demás tíos que cargaban el féretro, cuando finalmente lo colocaron encima de las bandas grises que descienden hasta el hoyo de tierra decidimos abrir el ataúd para percatarnos de que efectivamente se encontrara ahí mi tío, cuando abrimos la tapa donde se debía encontrar su rostro y la mitad de su cuerpo …. ¡YA NO ESTABA!.

  • Nos asustamos, cerramos la tapa y bajamos a toda velocidad las trescientas escaleras de la colina del cementerio.  Esa misma noche ya lo habían enterrado o al menos el sarcófago y nosotros estuvimos toda la noche pensando en que hacer, Rodolfo se había quedado dormido por unas horas y pasadas las tres de la mañana se despertó gritando que lo había visto, decidimos irnos cada quien a su casa esperando que sólo fueran sueños molestos pero por lo que veo… de verdad piensa cumplir su promesa- Después de que hubiera terminado de contarme esto, decidí irme, no podía creer que esto estuviese sucediendo de verdad, manejé unas dos horas dando vueltas por la ciudad pensando en que hacer, hasta que decidí que iría directo al cementerio a averiguarlo por mí misma, recogí en mi casa la enorme pala que estaba en el cuartito de atrás, y llamé a mi vecino Terramicino; Terramicino era un joven que siempre me había ayudado con las labores del jardín, le daba empleo en lo que conseguía otro en uno de los viveros de la zona, y había demostrado ser alguien de confianza siempre fuerte y seguro, y yo  necesitaba un cómplice.


Conduje rápidamente al cementerio, subimos con dificultad las trescientas escaleras, y tuvimos que romper el candado de las rejas para poder pasar. Terramicino cavó toda la noche mientras me encontraba al pie del agujero, finalmente un golpe de madera se oyó debajo de la pala y ambos bajamos a tratar de descubrir la tierra, para ese entonces los relámpagos de esa noche se habían dejado acompañar de una lluvia intensa, todo se encontraba oscuro más allá de lo habitual como cuando está por amanecer. Terramicino abrió el ataúd por la cabecera y efectivamente… no había cuerpo alguno, sin embargo no desistí quise saber que más podría haber, alguna ropa, algún accesorio o lo que fuera que diera pistas de que pasó, entonces le pedí a Terramicino que abriera la segunda parte del ataúd fue entonces cuando tal sobresalto me invadió, Terramicino tuvo que sostenerme del brazo para evitar que cayera y derrumbara la tierra de una de las paredes del agujero de dos metros, me sostuve temblando y me volví a asomar a lo que parecía la explicación más increíble.

Don Ernesto se encontraba al fondo de la caja y sin piernas… ¿Cuál era la explicación? Resulta que  Don Ernesto como veterano de guerra tenía entre sus mayores recuerdos de arañazos y trofeos, la amputación de dos piernas por una bomba del 47’, y usaba prótesis para ambas piernas. Cuando subieron el féretro por la colina de las trescientas escaleras el cuerpo se había deslizado hacia abajo con la inclinación después de que la funeraria le había retirado las prótesis, entonces cuando Santiago, Héctor y Rodolfo habían abierto el féretro naturalmente no encontraron nada porque habían abierto la cabecera del mismo.

Pronto acomodamos el cadáver en su lugar,  dijimos una oración para evitar sentir la culpa de la exhumación del cuerpo y volvimos a tapar el hoyo, salimos de ahí y dejé a Terramicino en su casa mientras me dirigía a la casa de Héctor y de Rodolfo que yacían en un estado de shock por el pánico,  sin embargo aún algo me aquejaba, si bien es cierto que el cuerpo estaba al fondo de la caja no explicaba cómo es que el cuerpo se encontraba volteado ni el hecho de que dentro de uno de sus bolsillos se encontrara el reloj que tenía puesto Santiago cuando lo recibí en mi casa esa misma noche… preferí no indagar más y sólo explicarle el asunto a Héctor y Rodolfo y esperar que sólo este pánico ocasionado por un viejo tío fallecido hubiera sido la causa del infarto de Santiago…



P.D. Ahora me tocó publicar en este bello 14 de Octubre, pero un 14 de Octubre de 1995 nació mi hermano y deseo extenderle un bello y feliz cumpleaños, el mejor que nadie se acuerda desde pequeño de todas las historias de terror que le inventé alguna vez y también de todos los relatos de miedo que le leí alguna vez, eres un gran hermano NVG, te quiero. Saludines a todos los lectores asiduos y accidentales. Disfruten y comenten (:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...