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10 de octubre de 2013

La reina del silencio


"Y hay tanta adolescencia apresurada
y tanta soledad arrepentida"
Carlos Barosela- Tu nombre en la arena.

Ella se levantó. Eximió de su tristeza dos blancas lagrimas que recorrieron los anchos caminos de su ausencia hacia los carrillos de su boca, en ese entonces su boca dibujaba una línea firme y fina, corta y dolorosa. El cuerpo le pesaba y su alma boqueaba en ese punto de fusión entre creer que lo que se vive no vale la pena. Se talló lentamente los ojos, arrastró sus uñas hacia sus mejillas quitándose toda la pereza acumulada en los desvelos de este mes. Su rostro giró buscando esa pequeña caratula plástica que anunciaba el despunte del albor, grandes letras rojas: cinco y treinta. Apartó la mirada del reloj y tomó su toalla y su bata, la ducha fue algo no menos que un regocijo de penas; lo saben todas las mujeres que alguna vez se han bañado con el agua fría y la mente llena de olvido.

Verse al espejo, sentir cada extremidad, cada pliegue y cada corpúsculo y pensar qué dulce fuego apagará nuestro corazón; verse y sentirse como el mismo fragmento de la nada, mirarse profundamente tratando de remediar quebrantos con el reflejo de lo que un día uno fue. Lo cierto es que una vez bajo la regadera, bajo la miseria de su cuerpo deshecho, desventurada bajo el chorro de agua que cae del pedazo metálico y oxidado de su regadera, su alma se encoje por dentro y apenas indecible ese misterio que resulta de una experiencia terrible, lejos de convertirse en un eco audible a cualquier distancia, se convierte en un espantoso silencio. Ella, por supuesto, era la reina de los silencios. 

Fuera de la regadera, una vez vestida y que miró en su habitación el tiradero que imperaba desde hace semanas, cerró la puerta y bajó las escaleras con sumo cuidado -la última vez había resbalado ahí y el resultado inmediato fue un enorme hematoma y 500 mg de paracetamol porque no había nada más- pensó tal vez en hacerse el desayuno... pero no sentía el menor apetito, ergo no sentía nada ni siquiera allende a sí misma. Salió de su casa, manejó mientras el sol aún no se asomaba, en la radio escuchaba a Dustin O'Halloran y un tango soplaba fragmentos de nostalgia y de llovizna desde su MP3 conectado a la entrada de USB. Su boca seguía siendo una línea dura y firme que no se inmutaba ante nada, no se inmutaba por la salud mental de las víctimas de guerra, no se inmutaba por la muchacha que fue agredida y cuyos violadores salieron al día siguiente, no sentía el menor rasgo de empatía o regocijo por el premio nobel de literatura entregado a su escritora favorita y ciertamente esto y otras cosas no tenían valor.

Sólo caminó hacia el edificio a través de la universidad luego de esperar unos minutos callada frente al volante en el estacionamiento que mayormente se encontraba vacío; se sentó en el extremo del salón, abrió el portátil y la música melodiosa del minueto rasgó un estrecho de ese silencio, ella lucía bella como siempre, lucía dulce, cándida y feliz, sus ojos comunicaban una infinita inocencia y en sus labios una sonrisa hacía de antifaz a su pesar... pronto el momento llegó, el profesor de una clase tan rumiante, fatigante y fútil que alzando la voz así, en sus reclamos pronunció - ¿qué harías si yo fuera tu padre y te dijera después de que reprobaste cinco veces el examen nacional que qué vas a hacer ahora? ¡Dime qué harás, porque no puedes hacer otra cosa!-  el impacto de aquella pregunta no residía en si pasaría el examen, tampoco se encontraba en lo que haría si después de tanto tiempo y dinero invertido no lograba consumar su carrera; el golpe seco y que finalmente rompió su silencio radicó en cuatro palabras "Si yo fuera tu padre". Su rostro a mitad de esta pregunta se desencajó, una mueca interrumpió esa línea firme y aparentemente incorruptible. La mayor parte del salón guardó silencio, la mayor parte sabía que esa pregunta había sido el colmo de lo apenas tolerable de ese profesor, aún cuando no fue su culpa implementar el rasgo paterno a la pregunta, la mayor parte del salón la vio retirarse, pararse en la orilla del escalón más alto, ver hacia un punto no fijo por las tres ventanas rectangulares y bajar lentamente los escalones hasta la planta baja, visiblemente ella lloraba. La mayoría sabía que hace poco había fallecido su padre... 

21 de mayo de 2013

Señor Dentado (Microrrelato)


En memoria de Bruno Neftalì del Río

Ha añochecido ya y yo, Señor Dentado, comienzo mi furtiva cruzada para alimentarme de los sueños; durante las mañanas, casi siete meses, duermo en forma de arena y en mi sopor profundo, mi mente engulle pesadillas y me mantengo entretenido para levantarme hambriento noche tras noche sietemesina.

El municipio de Delicias he elegido yo como mi actual morada (no sé con certeza cuánto tiempo he habitado aquí); otros como yo, pero que no son iguales a mí, dirán que he sido poco original. Pudiendo elegir un recinto sin esquinas bajo el agua, o una cueva en la Sierra Gorda, yo, Señor Dentado, escogí un médano yuxtapuesto a un campo algodonero para celebrar mi resurgir cada que cae aquella noche.

Me alimento de escarabajos, ratas y aves pequeñas hasta que la sed de pesadillas me obliga a adentrarme a la ciudad en forma de neblina o ventisca.
Hace un tiempo me divertí mirando a unos hombres con sombrero, fijamente, sin parpadear. Mis ojos obnubilaron a todo testigo y en su distracción, me han dado en charola sus sueños y yo los he masticado con gozo.

Disfruto, cuando me siento inerte, reposar bajo los semáforos, mirando la simetría perfecta del pueblo. En ocasiones algún autobús de paso se detiene y juego con mi reflejo e imagino que los faros de aquellos vehículos son un Señor Dentado, como yo. 
A los visitantes no me los como, ni toco sus sueños... suficiente reinado mantengo sobre estos rincones para aspirar a más.

Pero tengo un temor: ráfagas de metal, lluvia de fuego cuyo sonido a veces me semi despierta durante los siete meses; ¿habrá algún monstruo, más poderoso que yo? ¿se alimentará de sueños, o del papel moneda de los hombres? ¿dormirá acaso, cierto tiempo? ¿me enfrentaré a aquel ente, sea lo que sea?
Yo, Señor Dentado, algún día he de salvar a este pueblo al que ahora atormento devorando sus sueños... algún día dentro de los siete meses, me toparé de frente con el otro monstruo y aunque mis piernas tiemblen ante la posibilidad de sucumbir frente a su sonido ametrallado o su aliento de bala, tendré que confrontarlo... soy un monstruo gentil, pero bastante celoso y debo cuidar de mi reino.

mfd


7 de enero de 2013

Simple


“Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas, 
Y las largas viudas que sufren el delirante insomnio,
Y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas,
Y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas,
Como un collar de palpitantes ostras sexuales
Rodean mi residencia solitaria…”
-[Wellawatta, 1930]/ Residencia en la tierra, I, 1933
Pablo Neruda

*Saludos cordiales a todos los lectores lunares de este sitio, a nombre de todo el equipo de lunáticos espero hayan pasado unas calurosas y especiales celebraciones. Muchas gracias por habernos acompañado durante este tiempo desde el día de la creación de  este lugar en el espacio blogueril, les deseamos un feliz año lleno de muchas sorpresas. :D

Mi salida a las 6 am

El tema fue un poco complicado, las cosas más simples tienen: explicaciones complejas, son –creemos que son- difíciles de alcanzar y siempre tienen un valor inestimable.
La mía es sólo esta explicación.

Cada día desde hace algunos años te despiertas a las seis “á eme”, ninguno de los habitantes en la morada se ha levantado; diciembre-enero siempre es tan helado que al abrir los ojos en medio de la oscuridad al asomar el rostro, la punta de la nariz –que es la punta más graciosa del cuerpo humano- se percata con lo gélido que huele el aire. Después de quitarte las cobijas has bajado a presionar unos botones y moderar la temperatura de la casa para los demás, subes instintivamente cada escalón de cerámica en color maple sin ver en nada cada paso con la mirada entrecerrada, afuera está tan oscuro como boca de lobo y las farolas del parque están apagadas, esperas otros cinco minutos bajo las sábanas temblando los dientes de frío.
Tomas un baño con el agua caliente como se puede; la dejas tocarte por todo el cuerpo, desde la parte del cráneo, esa donde azotaste la cabeza después de una extracción de muela, que fue producto de una mala inyección de anestesia que te hizo convulsionar en el piso; pasando por tus labios secos y azules por la falta de irrigación sanguínea, para después caer sobre tus senos visiblemente afectados por la temperatura con cada poro de piel bien marcado, hasta sentir el agua tocando la punta de tus dedos fríos justo cerca del callo de un mal uso de zapatos escolares o cayendo graciosamente por tu codo derecho saltando de la punta de la cicatriz de una quemadura de cigarro.

Sales, te cepillas los dientes y te acuerdas de la primera hoja de un libro de Cortázar, te deslizas con poca claridad de la puerta del baño hacia tu habitación que no ha dejado de ser helada; una vez vestida con el uniforme médico bajas y tomas un cereal. No hay tiempo de comida caliente. No hay tiempo de ningún otro alimento; nuevamente te cepillas y cargas una bolsa roja de tela en algodón llena de Quiroz, Netter, Goodman, Guadalajara o una buena copia ilegal de un libro de neurología.

Abres la puerta y afuera apenas ha clareado el día, el brillo de rocío congelado sobre los autos te recuerda que no llevas saco o bufanda, después de regresar por uno te subes indolente al frío para empezar a calentar el motor, apagas la radio, no buscas ruido alguno. Tu concentración se dilapida en medio del vapor del cofre en cosas como la señora Gutiérrez con un pie diabético, el caso de bioquímica que no resolviste porque eres pésima en matemáticas, en el examen del próximo mes de farmacología, en que le dijiste demasiadas cosas bonitas por un “sms” al despertar y sólo te contestó con un “hola”, en que llegarás a la biblioteca y fingirás no verlo mientras buscas en la sección de Gastroenterología. El motor está listo.

Sales de tu casa pensando en todo lo que harás hoy y que hoy de nuevo comerás sola en la única hora libre que tienes en un turno de doce horas continuas de siete a siete, en que estarás en la biblioteca, en la fonda de las vecinas o sentada en una banca negra. En que llegarás a casa de nuevo, cenarás rápido, te conectarás al portátil y empezarás a hacer tu trabajo esperando que en el inter se conecte platiquen y tu tiempo sea menos pesado y más entretenido hablando con él. Vas doblando la glorieta lentamente y después… después viene la mejor parte de tus malditos días  de los trescientos sesenta y cinco que se carga el año.

...Está amaneciendo...

Un mancha morada asoma del azul índigo que procedía del negro de la noche, el tono malva se enrojece levemente y se rocía con rubíes en lo lejano, poco a poco se tiñen de coral los horizontes donde sólo hay arena y lejanía, no hay nubes, este es un gran día. En cuestión de minutos la mañana se abre en sí misma a mis ojos, teniendo como espectadores un guardia de seguridad, un perro sin dueño y mi humilde persona en un carro viejo. El rosa sin embargo no tarda en ser suplantado, pronto saetas naranjas se cuelan simplonas y amelonan el cielo y la luz se hace para el reino de lo helado y lo callado; abajo la tierra se hace noble y se oscurece en señal de que el astro rey ha llegado. Unas manchas amarillas le rodean y el brillo no puede ser sino enmudecedor. No se habla, sólo se observa otro día más en que las cosas pueden ser buenas.
En que no es mi cumpleaños, en que no es verano, que veré a alguien que quiero, en que escucharé de camino a Sharon y en que simplemente, alguien arriba, me ha dado un regalo.

Esa cosa tan simple y tan diaria es la que me hace feliz.

Mantarraya sonriente en Sea World, San Diego.


28 de noviembre de 2012

Abismos y Whiskey on the rocks [1]



Ella había nacido en Bundesrepublik Deutschland o lo que es lo mismo Deutschland que como quiera, se diga o se pronuncie, todos entendemos por Alemania; solía tener padre, un respetable doctor de la caballería del sector salud, muerto a manos enemigas por supuesto; y una madre, bondadosa, amable y generosa como todas lo parecen hasta que son, entiéndame lector, suegras. La conocí tal vez en el momento más inoportuno de mi vida y el más estrellado y caudaloso a la hora de la vida de ella. Ergo eramos tan importunos de ascendencia ya que ella provenía de las "Potencias centrales" y yo era proveniente de los "Aliados", esto sin duda era tan Montesco o tan Capuleto como quisiéramos ponerlo. 



Si algo debe saberse es que me encontraba casi arrodillado y en los huesos; estudiando lo que estudiaba por mi cuenta no tenía ningún apoyo financiero y todo lo que me quedaba era hurgar en los cajones de trabajo del gobierno o  insistir en los trabajos que la universidad ofrecía en pleno fin de año, para no pasar más hambre de la debida. Finalmente cuando me dieron uno no podía alegrarme, salvo el hecho de tener dinero para comer algo en el barrio chino o gastarlo en camadería en el quartier francés. Y si tenía tiempo algo de eso lo gastaba impresionando inútilmente a las de nuevo ingreso invitándolas a lugares no de renombre pero gastando en ellas lo que pidieran,  algo de compañía aunque fueran simples ilusiones alternativas a la soledad.




El día que la conocí fue el último día de clases, mis superiores me pidieron que subiera al edificio más alto donde se encuentra un pequeño criadero de animales para los experimentos de los inviernos de investigación; en ese momento mientras me entregaban mi material estaba en plena perorata interior sobre porqué las personas aceptan las condiciones que sean con tal de comer y tener bienestar; el caso es que le tengo un miedo casi irracional, loco y substancial a las alturas que viene tal vez de mis raíces terrenales o de alguna vida pasada en la que tal vez era una tortuga o reptil que murió a manos de un águila que la tiró desde el cielo o una vil roca caliza de un peñasco; no podía quejarme era subir y ganarme ese dinero o no subir y ser despedido.




Finalmente sostuve mis herramientas como todo un pípila, apreté mi valentía a mi cuerpo y subí por esa larga escalinata tubular que me estrangulaba de miedo; a cada escalón que subía sentía que ahí quedaría mi cadáver y nadie dentro de un mes se acordaría del noble estudiante que subió, cayó y murió sin haber recibido un centavo y sin familia que contactar salvo un padre distante y enérgico. Cuando pisé el último escalón fue como dar un salto extraordinario hasta sentirme seguro. Ahí fue cuando la vi, como una pérdida actriz de cine de 1997, frente a una caída de 20 metros con la mirada cabizbaja y sus comisuras labiales caídas, miraba insistentemente hacia el piso pero instintivamente su cuerpo se flexionaba hacia atrás evitando la segura caída. Intervine tomándole por sorpresa la mano, y sin decir nada se dejó llevar.


  • Pensaba si saltar…- Me dijo sin que yo le pidiera que se explicara, su acento fue todo lo que me dijo que no era de aquí.
  • Si pensabas saltar, este no es el edificio más alto, si de verdad querías saltar,  sólo digo.
  • No lo hice por la altura.
  • Bueno tampoco es el más bonito- no sé si fue mi insistencia la que la hizo reír o mis comentarios estúpidos, de todos modos seguí hablando más con ella –En todo caso usted señorita no puede saltar, no trae la ropa adecuada para hacerlo.
  • ¿A qué te refieres con la ropa adecuada… y a todo esto que haces aquí arriba?
  • ¿Yo? originalmente venía a limpiar el techo y las jaulas de los animales pero me di cuenta de algo.
  • ¿De qué? ¿De qué venías a interrumpirme o algo por el estilo?
  • No, Jaja para nada, yo vine originalmente a limpiar pero me doy cuenta que subí porque no tenía como bajarme.
  • ¿Por qué no podrías bajarte?
  • Para empezar, porque no debí subir y seguido de eso, porque le tengo terror a las alturas y ya no sé como bajar, y entonces me di cuenta cuando te vi…, ¡tú me venías a salvar!- Le sonreí mientras me arrodillaba sosteniendo su mano.
  • ¿¡Qué yo te venía a salvar!?- dijo mientras reía – ¿Es en serio que no puedes bajar?
  • Sí, pero sabes no sólo me vas a salvar, sino que también me ayudaras a superar este miedo, ¿Te digo como lo sé?
  • Dime.
  • Por una hermosura como la tuya podría superar hasta el miedo a la muerte, de no tener esa belleza que tienes jamás me habría acercado a la orilla a tomar tu mano.
  • Suena tan tonto lo que dices.
  • Tonto pero es cierto, entonces… ¿Me ayudas a bajar?



Bajamos juntos y su semblante deprimido se perdió en una especie de sonrisa y conmiseración por mi boba persona. Ella se despidió y pronto me di cuenta que no debí haber bajado, no había limpiado ¡nada!; no quedó más remedio que tomar valor otra vez y subir para terminar el trabajo.



Pasaron varios meses y no supe de ella salvo que podía provenir de Alemania y que tenía una sonrisa muy fácil.




Unas semanas después acudí al Quartier francés con P’tit Pierre, un amigo mío extranjero que solía llevarme a un bar de su preferencia y que tenía la mala costumbre de beber hasta no recordar su nombre; en dicho bar  al que nos dirigíamos teníamos que doblar la esquina por la calle Morelia donde vivía la tuerta Aguilar que leía las cartas a cualquiera no importando su condición económica, una vieja costumbre que impide que las cartas del tarot de Marsella se contaminen y mantengan su energía o algo así; de antemano yo sabía que no servían nada interesante en ese bar pero el ambiente siempre era extrañamente familiar e íntimo, había de todo, trabajadoras de maquila, ruteros, ingenieros de malos vicios, abogados corruptos y nosotros dos bohemios sin remedio que hacían de trotamundos por los arrabales donde el licor era más barato. Estuve sentado así viendo a todos varias horas mientras en la televisión unos niños cantaban “Gracias a ti, a ti, a ti, gracias a ti”, y la tonada se mezclaba horriblemente con un J'ai rien à dire  de un grupo de Bordeaux; daba el último sorbo antes de despedirme de mi colega que a estos instantes ya se veía con una facies potatorum que ninguna menta podría disfrazar.




Iba saliendo rumbo a mi apartamento con mi compañero caído en plena batalla contra otro comensal que empezó unos minutos antes y que perdió tal sólo un minuto después, fue entonces que la vi sentada en la parada del camión donde nos subiríamos. Lo que pasaría esa noche sería tal vez una de las muchas historias que tendría que contar de ella a parte de lo relatado al inicio, sólo sé que sus múltiples errores y descarriladas de camino la llevarían incluso a darse cuenta de su felicidad años después, justo cuando viajaba en un tren rumbo a visitarme y momento entonces donde entendió al último minuto que sus equivocaciones habían contribuido a nuestro encuentro fortuito en la azotea de posgrados y que a pesar de todo fallecería con una sonrisa a la edad de 92 años cuando el tren donde viajaba se descarriló y terminó con toneladas de vagón encima de su frágil cuerpo. 


[CONTINUA AQUÍ---.]





19 de noviembre de 2012

Tamasopo



¿Falta algo?

Qué terrible es morirse cuando nos falta algo, terrible es la ausencia de todo o casi cualquier cosa, ausencia de luz, ausencia de felicidad, ausencia de espacios; México pareciera encarecer de espacios cada vez que el gigantesco personaje moderno lustra sus pies con la fauna y flora que siempre fue imponente en América, y las desecha luego que semejante espacio es otro más rentable con escombros de lo último consumido por la humanidad, pero la realidad es que existen espacios en México que convergen aún con el hombre en ese crisol que algunos disfrutamos del follaje, del lenguaje de un trinar desconocido en el fondo de una laguna cristalina.



Hace algunos años estuve considerando quedarme en algún lugar, estar en algún lugar, éste lugar concurría en un viaje que tuvo muchos momentos terribles pero uno de ellos basto para enjuagar todas esas malas vibras y ese lugar fue… La huasteca potosina, específicamente Las cascadas de Tamasopo.



Las cascadas de Tamasopo, este escenario salido de aquellas mejores películas está pulida de una naturaleza majestuosa, es un lugar cuyo nombre significa “Lugar donde gotea o Agua que cae”, esto por la infinidad de cascadas que descienden del río principal. Cuando salí de San Luis Potosí, tardamos aproximadamente 3 horas y media en llegar por la ruta México 70.  La verdad yo no sé llegar a los lugares, yo doy con los lugares, pero como verán donde pregunten, incluso en el centro de San Luis Potosí donde se encuentra la catedral y la plaza principal, cualquier vendedor ambulante –quienes por cierto son muy amables con el nuevo viandante- sabrán decirle con toda seguridad por cual carretera irse.  Cuando vayan por la carretera de ir en carro, váyanse con precauciones ya que el tramo hacia Tamasopo es angosto, hay pendientes bastante pronunciadas y muchas… ¡muchas curvas! y pues aclarando que en épocas de lluvia, todos estos riesgos aumentan, así que conductores sean amables, llévenlo con calma, cualquier tiempo que se tome vale realmente la pena.



El recorrido fue algo así, durante el tramo nos habíamos detenido en una gasolinera para descansar un momento de tanta curva, finalmente cuando avanzamos y llegamos lo primero que encontramos fue un poblado bastante tranquilo, con personas muy amables; como si el mundo de allá afuera al que estamos acostumbrados fuera tan industrial que al notar a los habitantes pareciera que en realidad se vive bastante bien y pacífico, las mismas direcciones te indican cómo llegar hacia las cascadas que se componen de tres muy juntas la Cascada de Micos, Tamasopo y Puente de Dios, nosotros acudimos a las de Tamasopo. No sé como describirlo porque nunca me tocó recorrer algo así de bonito y natural.



Es muy difícil describir como todas sus cascadas desde las más altivas a las más graciosas y pequeñas converjan de ese color celeste aguamarino del Mar Caribe con un verde frondoso y vibrante de una selva tropical que pareciera inexplorada, un hermoso lugar escondido entre la selva y la montaña.



El lugar principal es un ancho acantilado del que caen múltiples cascadas que van inundando danzarinas un suelo llano de piedra que se deposita en un lago de diferentes relieves en el que conviven varias especies de peces y algunas otras aves que dejan su majestuoso plumaje a la vista del espectador. Todos esos desniveles de suelo forman múltiples caídas y riachuelos. Todo esto afortunadamente pueden disfrutarlo de cerca; existen senderos de madera y cuerda a manera de puentes colgadizos, senderos de piedra caliza y follaje que inunda las aberturas de una escalinata que te permite llegar por encima donde inicia la más hermosa cascada de Tamasopo, eso te permite ver el paisaje desde arriba.



El lago donde me sumergí poseía cantidad infinita de peces y diversas profundidades que iban desde llegar a mis delgadas pantorrillas hasta alcanzar mi cuello. Lo único que les diría es que siempre tengan precaución con la caída de la cascada puesto que tiene una fuerza y una corriente también, por todo lo demás en verano y primavera el agua es cálida al tacto y de verdad muy cristalina.



Yo también recorrí un camino muy interesante, resulta ser un fragmento antiguo de un acueducto que se acompaña de una infinidad de especies, desde graciosas mariposas que se posan en las hiervas gráciles que caen del acueducto empedrado hasta pequeños caracoles que recorren las piedras de las ruinas de un antiguo molino de caña de azúcar. Por lo que sé, allí vivía una comunidad Tenek, de cuyo origen del significado deriva Tamasopo “Agua que cae”.  Está abierto desde las 7 de la mañana hasta las 8 de la noche con un costo mínimo de $20 pesos en MN por persona y si vienen en auto $20 más por el estacionamiento. La verdad es un lugar que por cuyo costo no se compara con la belleza de lo que vi ahí, les recomiendo mucho que vayan, y que no les falte ese “algo” por descubrir. 


Todas las fotos son propiedad de su autora.

16 de octubre de 2012

El rosario de Angélica Altagracia [Micronarrativa]

Casi nunca salgo los domingos, es el único día de la semana en que puedo descansar, es tanto mi ocio que ni siquiera tomo en cuenta los desesperantes sonidos del despertador. Casi nunca logro alcanzar un litro de menudo calentito de Doña Maruja Simanca, a las nueve de la madrugada ya no queda ni un sólo bocado de las dos enormes ollas que elabora dominicalmente. Ese día fue la excepción, no pude dormir nada, ni siquiera con horas de sueño atropelladas que tenía semanas antes, por lo que no sólo pude alcanzar a las seis una buena porción del alimento de dioses marujano, sino que tuve la oportunidad de conocer el esquinero de vendimias que se posaba en la zona turca de la capital. 
      Eran las ocho, pero por el horario de otoño el sol tardaba en salir, las calles conservaban aquella oscuridad que hacía que las personas dudasen en si era tarde o temprano. Algunos puestos ya estaban instalados, cuánta gente extraña, cuántos rostros misteriosos una y otra vez, mujeres de piel canelosa y ojos turquesa; hombres de barbas negruzcas, una anciana con un ojo de vidrio mirándome estrepitosamente a contraesquina del Café Bagdad. Sentí una náusea tremenda, quería abandonar el lugar, un callejón en donde sólo era un extraño, un sonámbulo que cualquier otro domingo seguiría pegado a las sábanas. 
      Pensé en la muerte, pensé en mi divorcio con Armida, pensé en los multiples fracasos como educador, pensé y me vi a mí mismo como un personaje de Carlos Fuentes. 
Me percaté también de que en el callejón turco, pese a su localización céntrica, las campanadas de la catedral de Nuestra Señora de Monteclovio no se escuchaban, quizás el sonido de las castañuelas de medio oriente engullían el repique judeocristiano; superposición inmediata de divinidades, duelo de deidades, fascinante pero provocante de agruras y estruendos en mi aparato digestivo.
        Me acerqué a uno de los puestos, allí había un rosario, escuálido, de colores que alguna vez emanaban un verde vida pero que ahora parecían rocas chapadas en musgo. El rosario me hablaba, algún susurro salía de su interior, lo tomé con mi mano y lo acerqué a mi oído derecho. Ruuuubéeeeeen - me decía.
-¿Qué quieres, quién eres? -  Ruuuubéeeeen - ¿Quién eres? - le preguntaba.
Entonces, inmediato a mi interacción con aquella reliquia que parecía de principios de siglo, un turco me dijo con un acento desgarrado que aquella vendimia me costaría barata por ser el primer cliente en pararse frente a su sitio.
No sé cuánto pagué, me sentía himnotizado por el objeto, aquel susurro pausado que emanaba mi nombre.
- ¿A quién le perteneció esta cosa?- el gitano no dijo nada.
- ¿conoce usted la historia de este artefacto? - insistí. Aquel hombre me miraba con un desprecio y sonreía macabramente.
Metí el artículo en mi bolsillo derecho y seguí caminando, esa náusea, ese asco, ese pensamiento a muerte me rodeaba como moscas, comencé a toser, me rasqué la cabeza y de improviso jalé sin dificultad un denso mechón de mi cabello, se estaba cayendo con facilidad, ¿qué me está pasando?

       Con las fuerzas que me quedaban, logré dar vuelta en la calle Alfaro y pude subir a mi departamento, jamás me parecieron más eternos los veintiséis peldaños que de a diario subía para adentrarme a mi hogar.
-Rubéeeen.- suspiraba el artefacto sacro- Tú no me conoces, pero yo sé quién eres...
En delirio logré sentarme sobre el colchón, comencé a mirar borroso, no podía hablar, vomité el desayuno divino, debió haberme hecho daño, aunque atribuía mi malestar a mis desgracias mensuales, no quería aceptarlo pero estaba convencido de que aquel objeto estaba controlándome y que sus suspiros, suspiros de una mujer, me estaban tragando la poca alma que me quedaba.
         Caí en sueño, no sin antes, con la borrosidad en la vista, creer ver una silueta difuminada sentada en la mecedora de a lado, alcanzaba a distinguir un cabello rubio casi blanco, un vestido elegante, luego los ruidos dejaban de escucharse en el rosario y se perpetraban a lo largo de mi cuarto.
-Rubéeen, no me conoces pero quieres estar conmigo... lo sé.
Ipso facto escuché una risa que no parecía de este mundo, y en sueño caí.

Desperté tiempo después, era tarde, y el clima era similar al de la mañana, la misma sensación a horas menudas en que el sol o sale o se posa, tembloroso y con marcas en mi cuello, aterrado bajé corriendo esperando encontrar al gitano que me vendió la pieza y reclamarle el sentimiento y pavor.

       Continué pensando en la muerte, en mi divorcio, pero también embelesado por aquel súcubo, aquel demonio de quién no sabía nada y a quién deseaba de una manera enfermiza... bajé por la calle principal, el callejón turco comenzaba a empacar para irse sabrá Dios a dónde. 
¡Ay destino, ay cruento destino!, mi mano sangraba, tenía tan apretado el artefacto a mi mano que una de sus incrustaciones se enterró a mi piel y comenzó a brotar el líquido de la vida, busqué con la otra mano al gitano, todos parecían el mismo, un organillo sonaba una tétrica canción, no escuchaba los repiques del templo, estaba solo en tierra hostil. 
           Al fondo de la calle, sin inmutarse, la vieja del ojo de vidrio me miraba con una sonrisa maquiavélica.
-¿Dónde... de quién... de qué es este rosario?- le pregunté.
Ella se río y después de un tiempo miró mi brazo ensagrentado y me comentó que dicha reliquia le había pertenecido a Angélica Altagracia, una marquesa de siglos pasados que había emigrado a México, muchos decían que solapaba sus prácticas de brujería en arte sacro. La señora, riendo, me comentó que Altagracia había sido hacía algunas vidas, la amante del mismísimo Lucifer, sé que no dijo Lucifer, dijo un nombre en Turco, pero luego me hizo la aclaración de que algunas entidades tenían más nombres que siglos transcurridos en el planeta.
Mis pies temblaron, a lo lejos miraba a una mujer... era ella, Angélica Altagracia, ya no tan borrosa. Los cientos de turcos a mi alrededor, incluida la señora del ojo de vidrio se quedaron congelados; en el cielo palomas suspendidas sin moverse como volando, aquel demonio había detenido el tiempo y se acercaba lentamente. Yo no podía mover más que mis ojos, intentaba gritar, salir del dolor, pero no lograba nada.
Entonces, viendo su siniestra marcha, acepté mi destino, pensé en mi divorcio nuevamente, pensé en el caos y la podredumbre de aquellos chiquillos malcriados a quienes instruí en sus clases de geografía. Pensé en mis pocos amigos que me llamaban tartamudo o se burlaban de mí.
          Ella es la indicada, Angélica Altagracia es la indicada, ya viene en camino, su cabello es rubio rayando a lo blanco, no tiene pies, está flotando y sus manos no tienen carne ni piel, son dos huesos.
Sé que no tiene ojos, ya la veo claramente, hay dos cuencas y sé que en el fondo de ellas hay un espejo, sé que en su boca hay muerte pero esa muerte es una salida divina. Ella tiene lo que busco, el vacío que busco, la muerte que busco, ella lo tiene...
El rosario se está quemando en la palma de mis manos y ella ya está a unos metros de mí... ahora la escena de gitanos está al pendiente, como aplaudiendo nuestro encuentro.
Angélica, Angélica del demonio, sé que seré un amante más, un alma a tu colección, sé que usarás mi espíritu y lo engullirás con la alegría y la náusea con la que yo comí el menudo.
Angélica, estás suspirando mi nombre,
estás cada vez más cerca de mí...
Angélica Altagracia, has pescado un pez grande...
Angélica...
Angélica...
An-gé...

***
mfd

14 de octubre de 2012

La desaparición del cadáver de Ernesto



Mientras mi novio fallecía en la cama, yo me encontraba al borde de un pensamiento tardío a una solución. Santi se encontraba ahí acostado débil como alfeñique, caquéctico por la cantidad de días que había dejado de apreciar la comida, su facies hipocrática me recordaba a cualquier coma premortem, el pobre vaya… ya no respondía a mis caricias y su respuesta a mi voz tardaba cada vez más en volver…

Lector lo que estoy a punto de describirle le parecerá difícil de creer, pero ante todo le pediré que abra su mente, que cierre sus labios y de ser posible que ponga mucha atención.

Aquella noche fue un jueves once de octubre, afuera el ambiente estaba muy húmedo, los relámpagos caían con tanta frecuencia iluminando los nubarrones negros y ningún trueno se escuchaba. Iba manejando rumbo a mi casa después de haber tenido una noche muy ocupada en el hospital donde trabajaba y lo único que quería era llegar y dormir; fue entonces cuando giré para estacionarme que lo vi tirado frente al árbol que se encontraba en medio de la cochera, inmediatamente me bajé a revisarlo, estaba totalmente soporoso y balbuceaba palabras que apenas entendía.
  • ¡No.. murió, murió!
Preocupada lo metí a la casa y lo recosté en el sillón de la sala, fui por mi material médico para determinar que le sucedía pero cuando volví se encontraba en un shock indeterminable, simplemente tenía un perfil enjuto más allá de su delgadez normal, sus mejillas estaban hundidas, la nariz se le había afilado,  tenía sus globos oculares más afuera de lo normal como si algo lo hubiese impresionado fuertemente; revisando un poco más encontré que había cianosis en sus labios que otrora fueran más rojos que los míos y estaba completamente deshidratado.  Inmediatamente lo subí a mi cuarto con dificultad, su actitud era apenas instintiva y puesto que tenía su cabeza contra mi hombro oía su respiración acelerada a través de aliento sobre mis oídos, su boca espiraba tan fuerte que movía con insistencia los bordes de mi blusa además de que se encontraba sudando demasiado.

Cuando lo recosté vi a alguien muy diferente de la persona que había estado amando por estos tres años, sin embargo finalmente cuando logré estabilizarlo en lo posible me retiré a darme una ducha. Salía de bañarme pensando todo el tiempo en que se trataba de probablemente de alguna situación de ansiedad o que lo habían robado y por eso estaba tan asustado, me acerqué hacía el espejo con el cabello aún mojado, el vapor inmediatamente empañaba el vidrio cada vez que yo pasaba mi mano y me observaba entre movimiento y movimiento pensando en que estuviera bien, en lo que podría haber ocurrido, pero fue cuando pasé mi mano por el espejo cuando lo vi detrás de mí con la mirada fija, me había asustado de tal manera que al voltear para verlo directamente había apoyado mi mano sobre un par de vidrios que había dejado en la mañana cuando rompí un vaso que usaba para enjuagarme la boca, pero al voltear él no estaba. Tome una de las toallas y la enrede en mi mano, fui a revisar a Santi y se encontraba despierto pero sin moverse, me acerqué a él con precaución y al mirarlo tenía los ojos entreabiertos con una mirada interrogante y ansiosa, su mentón estaba prominente como si hubiese deseado decir algo, sus ojos estaban pálidos secos y vidriosos, denotaban dolor aunque no sabía de qué sufría; me acerqué un poco más intentando moverlo pero sus movimientos eran lentos y torpes cada vez que probaba sus reflejos, ya había tomado una coloración azulosa alrededor de la mirada y una palidez extraña y marmórea en el rostro, su boca se hallaba entreabierta,  y en sus mejillas había unas manchas héticas, su respiración –sentía mientras lo observaba- se iba desvaneciendo con cada minuto.



  • ¡Santi háblame!, ¡Por Dios dime qué sucede, ¿qué te pasó?! ¡SANTI!- Finalmente pareció escucharme y su mirada vaga se torno hacia mí.
  • ¡Paulina, mi tío me visitó!- Finalmente había exclamado y me lo dijo con tal pavor que casi creía que me lo decía como si de verdad hubiese visto a su tío en vida; sin embargo pensé que se había tratado de un mal sueño y que debido a su cardiopatía sólo se encontraba mal por el susto. – De verdad Paulina lo vi, estaba al pie de mi cama parado con su postura militar frente a mí, él me advirtió, me dijo que… nos dijo que… ¡El día en que se muriera nos visitaría!, ya visitó a Rodolfo y a Héctor, debo seguir yo!
  • ¡¿De qué hablas Santi?, pero si tu tío ya falleció ¿cómo te va a visitar?!
  • De verdad Paulina, no te miento, el me visitó.
  • Estás loco, seguramente fue una pesadilla o lo alucinaste.
  • No Paulina de ver…- pronto un grito ahogado escapó de su garganta y empezó a retorcerse en la cama de dolor y tan sólo medio minuto después se quedó quieto y… falleció. Horrorizada sin saber qué hacer llamé al hospital, necesitaba determinar de qué había muerto. Llamé a sus hermanos Héctor y Rodolfo, ambos se escuchaban asustados y empecé a preocuparme de que también pudiera pasarles lo mismo que a Santiago, eran amigos cercanos míos y no deseaba lo mismo; después de que los de autopsias habían llegado para llevarse el cadáver y después de responder unas preguntas me dirigí hacía la casa de Héctor.

Al tocar a su puerta nadie abrió, grité por su nombre hasta que finalmente la puerta cedió, era él y estaba pálido, delgado igual que Santiago y tenía su mirada paralizada, entré lentamente y me siguió hasta el comedor, encendió una gran vela de un olor extraño que empezaba a impregnar la casa entera; sentada frente a él empecé a interrogarlo.

  • ¿Por qué te ves así, qué te pasó?
  • Paulina estoy muy mal… no he podido dormir, no he podido comer, estoy muy asustado.
  • Pero ¿por qué?
  • He estado viendo a mi Tío Paulina, con su cara rectísima, ese adusto mirar, su garbo imponente y ¡ese estúpido traje militar!
  • Pero qué dices, estás loco, su tío ya falleció, ¡está muerto!
  • ¡Paulina eres una tonta, no sabes lo que sucede!
  • ¡¡Pues dime!!- Le dije con las lágrimas brotando tal epifora sobre mis ojos. -¿Qué no te das cuenta? ¡Tu hermano falleció, mi novio murió, ¿qué no entiendes!
  • Paulina lo siento, es que no, no es posible, pero necesito decírtelo, a Santi ya se lo llevaron y no quiero ser el siguiente, quiero decirte todo- Cerré mi boca y mi expresión denotaba desesperación y miedo.
  • Dime…
  • Hace tres días nuestro tío Ernesto falleció, pero hace una semana antes nos había mandado llamar, él deseaba que nosotros lo cuidáramos cada uno por dos días, sabíamos que él estaba a punto morir y no queríamos realmente estar cerca de él hasta que pasara, tú sabes lo terrible que es ver morir a alguien… ¡fuf!... el último día antes de su muerte acudimos con él, nos sentíamos culpables pero in articulo mortis nos miró y dijo fuertemente “No quisieron acompañarme, yo que los he cuidado, y ya verán, ¡cuando me muera los visitaré a cada uno y vendré a llevármelos conmigo!”, después de que dijo eso algo en su garganta pareció atorarse, tenía movimientos carfológicos y después dejó de moverse… pasó a mejor vida. Los tres estando aterrorizados vimos como un líquido blanco escurría de su garganta llenando toda su boca, el cristalino de sus ojos cafés se había opacado totalmente como una nube blanca, su boca estaba seca y entre abierta, los ojos se le habían hundido al igual que su piel acartonada, y el estomago finalmente se había hundido. Estaba rígido y en ese momento no lo tomamos en serio Paulina, en ese momento sólo nos fuimos callados; después del velorio nos fuimos juntos detrás del ataúd rumbo al cementerio que se encontraba en la colina a las afueras de la ciudad, los tres subimos lentamente detrás de mis demás tíos que cargaban el féretro, cuando finalmente lo colocaron encima de las bandas grises que descienden hasta el hoyo de tierra decidimos abrir el ataúd para percatarnos de que efectivamente se encontrara ahí mi tío, cuando abrimos la tapa donde se debía encontrar su rostro y la mitad de su cuerpo …. ¡YA NO ESTABA!.

  • Nos asustamos, cerramos la tapa y bajamos a toda velocidad las trescientas escaleras de la colina del cementerio.  Esa misma noche ya lo habían enterrado o al menos el sarcófago y nosotros estuvimos toda la noche pensando en que hacer, Rodolfo se había quedado dormido por unas horas y pasadas las tres de la mañana se despertó gritando que lo había visto, decidimos irnos cada quien a su casa esperando que sólo fueran sueños molestos pero por lo que veo… de verdad piensa cumplir su promesa- Después de que hubiera terminado de contarme esto, decidí irme, no podía creer que esto estuviese sucediendo de verdad, manejé unas dos horas dando vueltas por la ciudad pensando en que hacer, hasta que decidí que iría directo al cementerio a averiguarlo por mí misma, recogí en mi casa la enorme pala que estaba en el cuartito de atrás, y llamé a mi vecino Terramicino; Terramicino era un joven que siempre me había ayudado con las labores del jardín, le daba empleo en lo que conseguía otro en uno de los viveros de la zona, y había demostrado ser alguien de confianza siempre fuerte y seguro, y yo  necesitaba un cómplice.


Conduje rápidamente al cementerio, subimos con dificultad las trescientas escaleras, y tuvimos que romper el candado de las rejas para poder pasar. Terramicino cavó toda la noche mientras me encontraba al pie del agujero, finalmente un golpe de madera se oyó debajo de la pala y ambos bajamos a tratar de descubrir la tierra, para ese entonces los relámpagos de esa noche se habían dejado acompañar de una lluvia intensa, todo se encontraba oscuro más allá de lo habitual como cuando está por amanecer. Terramicino abrió el ataúd por la cabecera y efectivamente… no había cuerpo alguno, sin embargo no desistí quise saber que más podría haber, alguna ropa, algún accesorio o lo que fuera que diera pistas de que pasó, entonces le pedí a Terramicino que abriera la segunda parte del ataúd fue entonces cuando tal sobresalto me invadió, Terramicino tuvo que sostenerme del brazo para evitar que cayera y derrumbara la tierra de una de las paredes del agujero de dos metros, me sostuve temblando y me volví a asomar a lo que parecía la explicación más increíble.

Don Ernesto se encontraba al fondo de la caja y sin piernas… ¿Cuál era la explicación? Resulta que  Don Ernesto como veterano de guerra tenía entre sus mayores recuerdos de arañazos y trofeos, la amputación de dos piernas por una bomba del 47’, y usaba prótesis para ambas piernas. Cuando subieron el féretro por la colina de las trescientas escaleras el cuerpo se había deslizado hacia abajo con la inclinación después de que la funeraria le había retirado las prótesis, entonces cuando Santiago, Héctor y Rodolfo habían abierto el féretro naturalmente no encontraron nada porque habían abierto la cabecera del mismo.

Pronto acomodamos el cadáver en su lugar,  dijimos una oración para evitar sentir la culpa de la exhumación del cuerpo y volvimos a tapar el hoyo, salimos de ahí y dejé a Terramicino en su casa mientras me dirigía a la casa de Héctor y de Rodolfo que yacían en un estado de shock por el pánico,  sin embargo aún algo me aquejaba, si bien es cierto que el cuerpo estaba al fondo de la caja no explicaba cómo es que el cuerpo se encontraba volteado ni el hecho de que dentro de uno de sus bolsillos se encontrara el reloj que tenía puesto Santiago cuando lo recibí en mi casa esa misma noche… preferí no indagar más y sólo explicarle el asunto a Héctor y Rodolfo y esperar que sólo este pánico ocasionado por un viejo tío fallecido hubiera sido la causa del infarto de Santiago…



P.D. Ahora me tocó publicar en este bello 14 de Octubre, pero un 14 de Octubre de 1995 nació mi hermano y deseo extenderle un bello y feliz cumpleaños, el mejor que nadie se acuerda desde pequeño de todas las historias de terror que le inventé alguna vez y también de todos los relatos de miedo que le leí alguna vez, eres un gran hermano NVG, te quiero. Saludines a todos los lectores asiduos y accidentales. Disfruten y comenten (:

21 de septiembre de 2012

Encuentro [Narrativa]


****
Fue un día, hace mucho tiempo. Hace tanto… Aún lo recordaba, jamás olvidaría esa madrugada. El alba en la que lo conocí. El viento helado, el murmullo del silencio meciendo los árboles, adormeciendo la quietud y alargando lo impostergable. No era necesario subir al punto más alto, ni estar en el centro del mundo para saber que se trataba de un tiempo y un lugar mágicos. La niebla, aquel manto grisáceo como nubes de tormenta revelaba los misterios aquella mañana.
          La neblina hace que todo sea posible, la bruma terrestre transforma la realidad; los sueños dejan de ser sueños y se vuelven tangibles si lo deseamos; nuestros ojos tienen la oportunidad de ver aquello que han olvidado y creen fantasía. La niebla se presenta en su forma común, vulgar, y no por ello menos hermosa,  las personas le temen y procuran mantener distancia ante el peligro que le atribuyen. Yo no huyó de ella, mucho menos la temo, al contrario, me fascina, no hay instante en el que no deseé topármela. Sí, cómo olvidarlo…
           Estaba pasando las vacaciones en casa de una amiga. Su casa se encuentra cerca del bosque. Eran unas vacaciones  ordinarias y aburridas, la rutina era el punto principal a cumplir durante dos semanas; el frío, la ventisca, la lluvia y la neblina nos mantenían presos en la cabaña. Más que centro de recreo era una prisión de alta seguridad, bien custodiada por los inclementes elementos. Por eso la gran chimenea, no había un segundo en que no se escuchará el crepitar del calor. Me encantaba ver aquella danza interminable entre el fuego y la leña. Pobres troncos, las llamas los consumían enseguida. Recuerdo ahora -mientras reprimo una sonrisa- que en esos momentos no podía evitar pensar que el fuego era un mal amante, no le importaba que el tronco con el cual danzaba se consumiera y fuera sustituido por otro. De haber amado un poco, se hubiera dejado extinguir junto con el leño, así se hubieran esfumado los dos juntos –quizá por eso veía tanto la chimenea. No obstante, de ser así las cosas, yo junto con el resto de los habitantes nos habríamos congelado. Le debemos mucho a la debilidad del fuego.
Cierto día de mi estancia, me levanté muy temprano, no sé por qué -pero algo en mí, me dice que él fue la razón.  Violando la regla implícita de no salir de nuestro encierro voluntario, decidí dar un paseo por los alrededores. Hacía un frío de muerte. Era una mañana gris. La neblina impedía vislumbrar bien el sendero, al poco rato me perdí. Caminé un largo trecho, sin saber a dónde dirigirme, todo se veía igual y distinto al mismo tiempo. A lo lejos atisbé un pequeño lago, me acerqué, sin embargo, mi instinto me advirtió que lo hiciera con cautela. Un paso, otro, sólo se escuchaba el crujir de la hojarasca bajos mis pies. Curiosamente, la niebla se iba esclareciendo paulatinamente conforme avanzaba; se volvía nítida, pero todavía conservaba algo de su densidad. Había una sombra al otro lado del lago, unas ramas bloqueaban mi vista. Lentamente, cuidando de no hacer ruido, acorté la poca distancia que quedaba. Estiré temblorosamente mi mano y retiré las ramas que obstaculizaban mi visión.
      Era él, un dragón. Fue la primera vez que lo vi.
      Se encontraba enfrente de mí, estaba bebiendo agua. Era majestuoso, imponente, mágico. La criatura más hermosa que hubiera visto en toda mi vida. Era enorme, sus alas estaban plegadas a su cuerpo, sus escamas eran de un color azul, casi gris, en armonía con  la neblina.
        No sé cuánto tiempo pasó, tal vez unos minutos o la eternidad misma. Estaba hechizada, preguntándome si era un sueño, una ilusión o algún juego del velo gris. Repentinamente, sentí como una chispa se extendía por todo mi cuerpo, rápido como un disparo. Me miró. Caoba. Por un breve instante, nuestras almas se conectaron.
          El primer haz de luz atravesaron el horizonte, al entrar en contacto con el agua y la piel escamosa del dragón, un brillo saltó. Desplegó sus alas y emprendió el vuelo. Lo seguí con la mirada hasta que se perdió en el cielo. Me quedé en la misma posición largo rato, con una sola imagen en mi mente: unos ojos color caoba.
           Aturdida, volví sobre mis pasos, la neblina ya no obstruía el camino. Regresé a la casa, ya todos se habían levantado y preparaban el desayuno. A nadie le conté mi pequeña aventura, no por miedo a que se burlaran de mí o me creyeran loca y decidieran internarme. No. No les dije, preferí mantenerlo en secreto, ese encuentro me pertenecía sólo a mí, a nosotros, era nuestro.
Los siguientes días hice el mismo paseo matutino, pero ni la neblina ni el dragón volvían a aparecer, ya sólo permanecían en el ambiente la humedad y el frío. Las vacaciones terminaron. De vuelta a la ciudad no perdía la oportunidad de ver el cielo con la esperanza de hallarlo. Mi mirada vagaba una y otra vez en las lejanías, perdiéndose sin éxito. Tiempo después, decidí pasar un fin de semana en casa de una amiga, fue entonces que lo vi nuevamente, otra mañana de niebla. Ya son varias las ocasiones que me he encontrado con él. Curiosamente, y hasta la fecha, cada vez que siento que no lo veré jamás, vuelve a aparecer, y algunas veces, sólo algunas, él posa su mirada en mí y volvemos a ese día en el lago, in ille tempore, cuando nuestras almas se reconocieron.
         La neblina es indispensable, aquel panorama gris, denso, el cual le impide al resto de la gente ver más allá de sus narices, pero que a mí me permite disfrutar de la verdad.

Paula Colin

2 de septiembre de 2012

Cantársela





Chapulín:  Animal, mitológico alado, incierto y fascinante,
fugitivo de infantes, inervado de inquietud,
con marcha rítmica de alegría exuberante,
que devora los sueños de los que duermen en plenitud.



“Tierra, Luna, Tierra, Sol…Esas son las fases de la luna. ¿Para qué nos pone eso? ¡le dijimos que no¡… Se ve blanca… ¿Algo que rime con gomita?...” Karicia se estaba cansando de los muchachos que ocupaban la mesa de atrás mientras esperaba un libro al que le sacaba copias. “¿Ya quitaste gomita?... Alejandra ya tienes novia nueva… ¡Ay wey!” Más risas escapaban del fondo donde estaban rentando una computadora. Un ventilador solitario falto de efecto para los días de las canículas giraba con el mismo ánimo de una sola batería triple “A”, Karicia giraba el cuello a su alrededor en un intento por estirarse la pereza por mientras que el encargado de blanco con su embonpoint de por medio le impedía atravesar entre dos maquinas copiadoras.


  • ¿Quómo te habes?... eso lo borraré, no tiene por qué estar en la presentación- Karicia se desesperaba un poco, tardaban demasiado en darle el libro y los muchachos no callaban sus juegos “¿Qué nos hace si la borramos?... Sol, luego Marina… Alteraciones en las ondas de radio… ¡Dile, tiene que saber!... Mándale una solicitud a Gomita… ¿Fotosíntesis es como auroras y australias?...”.  Karicia estaba a punto de levantarse para pedirles que guardaran silencio sin usar la típica onomatopeya que alude al silencio pero, sin querer al retirarse de su asiento derribó las copias de un joven que se acercaba a ella justo en ese momento.

  • ¡Perdón, no me fijé, lo siento!
  • No te preocupes, están numeradas, no tardaré en ordenarlas.- El encargado por encima del trabajo tintero de las impresoras y copiadoras miraba con reprobación al muchacho.
  • ¿No son de casualidad las de un libro que estaba esperando?
  • ¿A qué nombre dejaste tu pedido?
  • Aura Karicia.
  • No, este no es. ¿Qué esperabas?
  • Un libro que dejé, se llama… amm deja checo… se llama, El simbolismo real y religioso de San Jorge, el caballero de Capadocia.
  • ¿Eso donde te lo encargaron?
  • Nadie, es un libro que un amigo me prestó para sacarle copias y necesito regresárselo para antes de las seis.
  • Ah….- El joven pareció no interesarse mucho pero luego de un rato que los jóvenes ya se habían marchado, se acercó a Karicia que ya esperaba impaciente – Creo que se tardarán una hora más, ¿No quieres mientras ir a comer algo?
  • ¿De verdad?, humm… okey, ¿Dónde?
  • Hay una fonda al frente, se llama “Las vecinas”, la comida es buena.
  • Vamos con Las vecinas entonces- Rió Karicia con algo de timidez.





El muchacho se veía bastante simpático, en el sentido de que muchos hombres no pueden ser o verse simpáticos sin antes intercambiar algunas palabras con ella, muy a su sentido. Él amablemente se había ofrecido a ordenar y pagar por ella, de una manera tan curiosa que no le permitió a Aura ni siquiera levantarse de la mesa, se sintió algo halagada por las atenciones del joven. Al poco rato lo vio venir y sentarse en el mismo lado donde ella se encontraba sentada. Aura insistió en un poco más de amabilidad averiguando el nombre de él.

  • ¿Cómo te llamas?
  • Eli.
  • ¿Por Eliseo verdad? ¿Trabajas ahí en la copiadora?
  • Sí por Eliseo; algo así, mi tío Chava está ayudándome a pagar algunas cosas… Además patrocina un equipo mexicano de ajedrez que tenemos.
  • ¿Ah sí, cómo se llama tu equipo?
  • Sombras y Leños.
  • Jaja ¿Es en serio?- Eli se burlaba un poco, creo que el semblante de Aura tan fatigado de esperar le incitó hacerla reír por un rato.
  • ¿Por qué andas leyendo sobre San Jorge?
  • Un profesor nos lanzó una pregunta: ¿Cómo puedes comprobar que algo invisible existe?, ¿existe o es parte de algo mental, cuáles son los parámetros para determinar que algo existe?, Por ejemplo, si yo les digo… Veo un dragón, sí, al fondo del salón, ¿cómo comprueban que existe?… Nosotros nos quedamos tratando de desmentirlo, preguntándole: ¿De qué color es?, Rojo; ¿Vuela?, Sí; Pídale que haga algo, que se manifieste, Pues si no es fantasma. ¿Hace algún ruido?, no sé, pero yo ahí lo veo. Poco a poco concluimos que podíamos lanzarle algo encima para hacerlo visible o determinar por medio del calor su presencia, y no recuerdo que más, pero al final nos pidió investigar sobre San Jorge y su supuesta lucha contra un dragón, y determinar que tan real era la leyenda.
  • ¡Qué ejercicio tan curioso!.
  • Si lo sé, y no ha sido lo más raro, constantemente nos cuestiona sobre que tan real o que tan falso es algo, por ejemplo sobre si la uña de gato cura el cáncer, o si es mejor las pastillas de alacrán azul.
  • Me suena a algo familiar que viví, dejé de ser escéptico hace algunos años, pero hace algún tiempo acompañé a mi abuelo Galo a con una gitana, le decimos Galo pero se llamaba Galeufel.
  • Qué raro nombre, ¿por qué le pusieron así?
  • Porque era una combinación de los nombres de sus padres y su hermano mayor; Galinda, Eusebio y Felix. Bueno, fui con mi abuelito Galo con una gitana que vivía en una casa en la que siempre dijimos que espantaban, le hicieron una lectura y le dieron unas nueces gitanas. Sabíamos que esa señora era de las buenas gitanas porque cobraba lo que quisiera uno darle, y pues los malos gitanos te cobran hasta lo que no. Ella le dijo que a su casa llegarían extranjeros desde el otro lado del mundo y que su hijo se casaría con uno de ellos. Mi abuelo Galo guardó sus nueces gitanas en la repisa más alta del ático que tenía en la vieja casa, y pocos años después, mi tío Chava, que entonces era delgado, se enamoró de una mujer japonesa, cuyos padres fueron a cenar a la casa.
  • Yo sigo escéptica de esas cosas sobre el destino, los fantasmas y los tratamientos alternativos, pero cuando suceden ese tipo de cosas que no puedes explicarte como funcionaron, lo primero que me decido es a investigar a fondo.
  • Hay cosas que podrías investigar, pero no significa que encuentres la respuesta siempre, o al tiempo que la necesitas- Karicia empezaba notar una peculiaridad interesante en su interlocutor.
  • Di algo simple pero profundo – Dijo con más simpleza, atañendo a la idea de haber entablado un poco más de confianza.
  • Raspa de coco – Sonrió levemente Karicia, ya no sabía si él estaba jugando con ella o hablaba en serio.
  • ¿Qué tiene eso de profundo?
  • Depende, tal vez nada para ti en este momento pero, para mí es algo que en cierta forma es parte de mi ser, es algo con lo que puedo contar siempre que algo me moleste aunque claro no muchas cosas me molestan… sólo por diversión me relaja y me dejo ir, podría ser lo más cercano a la felicidad que puedo sentir porque no soy muy apegado a mis sentimientos en forma simple…  es algo mío y que nadie puede quitarme lo cual me hace feliz solo a mí.
  • Entonces… ¿te gusta mucho el coco?- Karicia creía que hablaba con un completo loco.
  • ¡Para nada!, lo odio pero amo lo que no me gusta, me aburre lo que amo; sólo porque no entienda algo voy a ignorarlo.
  • Pero entonces… será que me odias en realidad.
  • No… de hecho… me aburres demasiado.
  • ...- Karicia guardó un silencio tan especial, la sonrisa se le escapaba por en medio de su cabello revuelto, y ese coqueto sonreír parecía rejuvenecerla a pesar de su estado un tanto desgastado y revivir la tonalidad de su piel a través de la bata clínica. Eli y ella guardaron un silencio en que se miraron con una sonrisa bobalicona y en ese gesto Eli continuó hablando.
  • Por eso amo cuando alguien se complica.





Al poco rato mientras habían salido momentáneamente al patio alguien se acercó a Eli, un enfermero le había pedido que lo acompañara pues era hora de la toma de medicina en el psiquiátrico. Karicia se quedó viéndolo mientras caminaba hacia la sala del hospital del otro extremo del patio donde se encontraban. Al poco rato Karicia que se encontraba ahí mismo en el psiquiátrico se sentó al lado de Carlos, un hombre con el que le gustaba platicar a menudo y cuya enfermedad lo había llevado a pasar de una personalidad arisca a una más amable y abierta aunque con ciertos problemas psicológicos asociados y una secuela de alucinaciones que le hacían creer que era un pensador literario que había sido encerrado por órdenes del General  Maximiliano justo antes de que él naciera; por supuesto Karicia sólo se aproximaba a hablarle en sus estados más poéticos o filosóficos, a ella le parecía curioso el término de “enfermedad” no por el hecho de asignarle a alguien el estado de enfermo sino porque no existía contraparte que sostuviera la esencia de enfermedad, ¿quién estaba completamente sano y totalmente dentro de las virtudes de estar bien física, mental y socialmente?. Karicia se encontraba haciéndole unas preguntas a Carlos cuando Fer, otro de los inquilinos del psiquiátrico, se acercó con una especie de marcha rara.


  • ¡Karicia, háblele en inglés!
  • ¿Por qué Fer?
  • Ese bato, le juro, habla inglés, es más mire, aquí traigo una revista en inglés- Fer comenzaba a golpear el hombro de Carlos con la revista - ¡Ándele wey, léale en ingleis a la señorita!- Carlos sólo se limitaba a hacerle una seña negativa mientras permanecía callado y Fer insistía - Bueno está bien, pero fíjese señorita este señor, mi compota, habla inglés.
  • Karicia se había quedado sonriendo un rato, y Carlos esperaba que Fer se alejara un poco para acercarse a Karicia.
  • Karicia… no le haga caso… ese tipo, está loco.

Al poco rato, un enfermero se acercó a ellos dos y le hizo una seña a Karicia para que se levantara del pasto del patio.


  • Karicia ¿Cómo ha estado?, le di 5 minutos, ya es hora de su medicamento, ya lo sabe- Le dijo el enfermero ayudándola a levantarse.
  • Si Pepe, ya voy- Acto seguido se levantó sacudiendo el pasto que se le había pegado a la bata, avanzó por las escaleras de cantera por el piso frío y húmedo hacia el recinto. Adentro una de sus amigas la saludaba y enseguida ya se encontraba caminando al lado de ella.
  • Karicia, hola, hoy me pasó algo increíble.
  • ¿Qué te pasó Alicia?- Ella sólo seguía la plática de su compañera de cuarto.
  • Pues tú sabes, sí, sí sabes, soy una gata, hace rato me dejaron abandonada, y pues volé, pero no volé lejos porque necesito cuidar mi hogar, pero volé y ¡se sintió tan lindo!, aunque tuve problemas, porque yo escupo fuego por la boca sino me caen bien, y pues ahorita vine y el enfermero, tu sabes que es mi amigo, mi amigo, el ya me conoce y sabe que volé, pero bueno ya me tengo que ir, quiero seguir otro rato más.
  • ¡Ah Alicia, qué padre, no sabía!, sí nos vemos, cuídate.

Luego de eso el enfermero la hizo pasar a la sala donde se encontraba el mostrador, la enfermera del lado opuesto abrió la gaveta de archivos, saco un pesado archivo amarillento con el nombre de Aura Karicia encima con una etiqueta vieja y verde, mojó la punta de su dedo y pasó las páginas hasta llegar a las indicaciones terapéuticas.


  • Bien Karicia, son las seis, una de 3mg de… Haloperidol y… es todo, toma- Karicia tomó la solitaria pastilla del mostrador y con un vaso de agua la tragó. 

Acto seguido salió de nuevo, se acordó que no había recogido el libro al que le sacó copias y se apresuró corriendo al otro extremo del patio, tal vez ahora si recogería el libro e iría a la casa de su amigo a entregárselo antes de que en el psiquiátrico la obligaran a dormir; porque dicen, según ella, que tiene algo, pero hasta ahora se siente bien y lo único que parecía locura para ellos era que quisiera recoger las copias de un libro y sentía terriblemente que la maltrataran diciéndole que Eli no existía, pero ella sabía que sí porque lo veía todos los días y apenas hoy había podido hablar con él. De hecho se encontraba emocionada, sentía que Eli estaba a punto de Cantársela.






- TPR en colaboración con NV Gómez 


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