Mostrando entradas con la etiqueta Niebla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Niebla. Mostrar todas las entradas

21 de septiembre de 2012

Encuentro [Narrativa]


****
Fue un día, hace mucho tiempo. Hace tanto… Aún lo recordaba, jamás olvidaría esa madrugada. El alba en la que lo conocí. El viento helado, el murmullo del silencio meciendo los árboles, adormeciendo la quietud y alargando lo impostergable. No era necesario subir al punto más alto, ni estar en el centro del mundo para saber que se trataba de un tiempo y un lugar mágicos. La niebla, aquel manto grisáceo como nubes de tormenta revelaba los misterios aquella mañana.
          La neblina hace que todo sea posible, la bruma terrestre transforma la realidad; los sueños dejan de ser sueños y se vuelven tangibles si lo deseamos; nuestros ojos tienen la oportunidad de ver aquello que han olvidado y creen fantasía. La niebla se presenta en su forma común, vulgar, y no por ello menos hermosa,  las personas le temen y procuran mantener distancia ante el peligro que le atribuyen. Yo no huyó de ella, mucho menos la temo, al contrario, me fascina, no hay instante en el que no deseé topármela. Sí, cómo olvidarlo…
           Estaba pasando las vacaciones en casa de una amiga. Su casa se encuentra cerca del bosque. Eran unas vacaciones  ordinarias y aburridas, la rutina era el punto principal a cumplir durante dos semanas; el frío, la ventisca, la lluvia y la neblina nos mantenían presos en la cabaña. Más que centro de recreo era una prisión de alta seguridad, bien custodiada por los inclementes elementos. Por eso la gran chimenea, no había un segundo en que no se escuchará el crepitar del calor. Me encantaba ver aquella danza interminable entre el fuego y la leña. Pobres troncos, las llamas los consumían enseguida. Recuerdo ahora -mientras reprimo una sonrisa- que en esos momentos no podía evitar pensar que el fuego era un mal amante, no le importaba que el tronco con el cual danzaba se consumiera y fuera sustituido por otro. De haber amado un poco, se hubiera dejado extinguir junto con el leño, así se hubieran esfumado los dos juntos –quizá por eso veía tanto la chimenea. No obstante, de ser así las cosas, yo junto con el resto de los habitantes nos habríamos congelado. Le debemos mucho a la debilidad del fuego.
Cierto día de mi estancia, me levanté muy temprano, no sé por qué -pero algo en mí, me dice que él fue la razón.  Violando la regla implícita de no salir de nuestro encierro voluntario, decidí dar un paseo por los alrededores. Hacía un frío de muerte. Era una mañana gris. La neblina impedía vislumbrar bien el sendero, al poco rato me perdí. Caminé un largo trecho, sin saber a dónde dirigirme, todo se veía igual y distinto al mismo tiempo. A lo lejos atisbé un pequeño lago, me acerqué, sin embargo, mi instinto me advirtió que lo hiciera con cautela. Un paso, otro, sólo se escuchaba el crujir de la hojarasca bajos mis pies. Curiosamente, la niebla se iba esclareciendo paulatinamente conforme avanzaba; se volvía nítida, pero todavía conservaba algo de su densidad. Había una sombra al otro lado del lago, unas ramas bloqueaban mi vista. Lentamente, cuidando de no hacer ruido, acorté la poca distancia que quedaba. Estiré temblorosamente mi mano y retiré las ramas que obstaculizaban mi visión.
      Era él, un dragón. Fue la primera vez que lo vi.
      Se encontraba enfrente de mí, estaba bebiendo agua. Era majestuoso, imponente, mágico. La criatura más hermosa que hubiera visto en toda mi vida. Era enorme, sus alas estaban plegadas a su cuerpo, sus escamas eran de un color azul, casi gris, en armonía con  la neblina.
        No sé cuánto tiempo pasó, tal vez unos minutos o la eternidad misma. Estaba hechizada, preguntándome si era un sueño, una ilusión o algún juego del velo gris. Repentinamente, sentí como una chispa se extendía por todo mi cuerpo, rápido como un disparo. Me miró. Caoba. Por un breve instante, nuestras almas se conectaron.
          El primer haz de luz atravesaron el horizonte, al entrar en contacto con el agua y la piel escamosa del dragón, un brillo saltó. Desplegó sus alas y emprendió el vuelo. Lo seguí con la mirada hasta que se perdió en el cielo. Me quedé en la misma posición largo rato, con una sola imagen en mi mente: unos ojos color caoba.
           Aturdida, volví sobre mis pasos, la neblina ya no obstruía el camino. Regresé a la casa, ya todos se habían levantado y preparaban el desayuno. A nadie le conté mi pequeña aventura, no por miedo a que se burlaran de mí o me creyeran loca y decidieran internarme. No. No les dije, preferí mantenerlo en secreto, ese encuentro me pertenecía sólo a mí, a nosotros, era nuestro.
Los siguientes días hice el mismo paseo matutino, pero ni la neblina ni el dragón volvían a aparecer, ya sólo permanecían en el ambiente la humedad y el frío. Las vacaciones terminaron. De vuelta a la ciudad no perdía la oportunidad de ver el cielo con la esperanza de hallarlo. Mi mirada vagaba una y otra vez en las lejanías, perdiéndose sin éxito. Tiempo después, decidí pasar un fin de semana en casa de una amiga, fue entonces que lo vi nuevamente, otra mañana de niebla. Ya son varias las ocasiones que me he encontrado con él. Curiosamente, y hasta la fecha, cada vez que siento que no lo veré jamás, vuelve a aparecer, y algunas veces, sólo algunas, él posa su mirada en mí y volvemos a ese día en el lago, in ille tempore, cuando nuestras almas se reconocieron.
         La neblina es indispensable, aquel panorama gris, denso, el cual le impide al resto de la gente ver más allá de sus narices, pero que a mí me permite disfrutar de la verdad.

Paula Colin

19 de septiembre de 2012

La Niebla del Cerebro

Para mí, la niebla en sentido figurado, es la perdida de todo asunto de la memoria




El constante acto de procesar y echarlo todo al viento, vivir en el ejercicio continuo de la mentira del olvido, el sometimiento diario que practicamos los habitantes de este planeta.

Cuántas veces platicamos sin oír, cuantas hablamos sin entender, parecemos entes con amnesia, qué duro y cruel poder escuchar diferentes versiones y acoplarlas sin que sean coherentes, sin que empalmen, sin que encajen, sin que embonen.

Difícil manera de vivir al no tener recuerdos fidedignos, al poder cambiarle el tiempo, el espacio a los recuerdos, los olores, las sensaciones, los colores, todos mancillados en lo más sublime de nuestras cabezas.

Horror supremo al tener nociones y percepciones diferentes a las reales y creer lo que no es.

Necesitamos de instrumentos externos, al final el cerebro no es del todo poderoso, no es indicante de realidad. Tatuajes, fotografías, qué se yo.

A lo largo del tiempo he luchado por no tener niebla en el cerebro, por conservar un poco de ese toque de atención a lo que me sucede, a lo que me rodea, es así como caigo en cuenta de las mentiras que me dices y mido mi astucia y miro tu incapacidad.

La niebla me impide ver el pasado y prever el futuro, por eso he decidido tenerla fuera de mis sentidos, por eso, he decidido mirarla sólo en algún fragmento de carretera.



JPS



Inspirado en la película Memento (2001) de Christopher Nolan





15 de septiembre de 2012

Condensación




Espíritus en la niebla:
Húmedos en la oscuridad del rocío,
Descansando sobre los brazos
Y los sueños pesados;
Conozco mis lugares
Aún después de la medianoche
A tientas y de rodillas;
Están en el laberinto
De los muros eternos.

Encontré un vals compuesto de siete pasos iguales,
Dando vuelta en la esquina,
No es noticia
Que quizás hayan venido por mí;
El olor
De la mañana en su cuello,
El río que flota en los círculos de las venas
Inyectadas de ciudades y vacuidades:
Ella es justo como una mujer,
Con sus miradas atravesadas en la penumbra.

Los motivos
Del ebrio que deambula en la calle,
No son tan distintos
A los de las avenidas en mi cerebro,
Timbres postales
Que se evitan los impuestos,
Son la tristeza
De la sangre pesada como plomo,
Le ame
Por tan solo quince días,
Le extrañe
La eternidad de un minuto,
A veces he dudado
Si su nombre es igual al mío,
Nacimos al mismo tiempo
Pero nos separamos en el filo de miseria.

Cuando los días son breves,
Dos a la semana no hacen una celebración,
Y millones de veces se agolpa la añoranza en la quijada;
El perro ladra y se come la basura,
Sus labios como el azúcar
Revolotean en el lenguaje amodorrado,
Su cabello siente la pereza
De las horas perdidas en las pantallas del tejado,
Su precio, pagado,
Es el fantasma de las cadenas,
He visto su sombra, quizás;
Siguiendo mis entonces;
He visto, seguramente,
A la muerte,
Debo tener cuidado
Que trae la carta para mí.

Escuche a la intemperie
Llenarse de agua y secarse en un parpadeo,
Dije que bastaría
Con un abrigo y sus bolsillos huecos,
Su dulce voz
Es la de una niña que pretende madurar,
No tuve elección
Y me acerque a su boca, al aliento que solía invocar.

Caí en la silla
Rendido y un poco hastiado,
Le mire los pies;
Ella solo sonreía
Y se equivocaba de dirección,
Del este a oeste
Ella seria liberada
Y yo me quedaría
Solo unos días detrás.

Espíritu del viento
Rozando las caricias del desfallecimiento,
Atrapado en los dientes
Que no dejan de sentir,
Viajo por los recovecos
Delicados y suaves de su piel,
Ella estaba perdida
En los pasos que dio una vez.

El dolor del demonio
Oculto en el callejón,
Ha tenido resguardo
En los huecos de los zapatos,
He tenido visiones
De noche con los pies blancos y tibios,
Con los cabellos de mi hermosa mujer.

La ruptura de los huesos,
Calmándose con pastillas
Cafeína y un poco de fe,
Calle abajo
De rodillas y la cabeza agachada,
Ha dicho última palabra
En su navío que nunca partió.

Y quise robarle su paraíso,
Pero ella fue más astuta,
No quise estar ningún momento más
Frente al brutalismo
De una mente llena de sed,
Y después de los caminos recorridos
Allí yace el hombre
Con las moscas y la mayor parte del tiempo,
En el agua, flotando en las narices.














-Nouvelle Cano / Alejandro-

10 de septiembre de 2012

Decepción plasmática- Recuento de una vida

Arte plástico- El Jardín de las Estatuas Danzantes

Y hasta la palabra vacío, me llenó 
-Gustavo Cerati- Tracción a sangre- Fuerza Natural

Se lo llevó la tormenta del tiempo,
lo desapareció la dicha de la vida;
llevo de él dos años de duelo
y un temblor de odio en las rodillas.

Los días los tenía bien contados,
nadie pudo llamar a la policía,
desapareció luego de dos años
que el frío se robara su poesía.

En la almohada guardo bilis amarilla,
un poco de cólera en la cama;
tomo un somnífero dos veces al día
porque sólo así las voces se acalambran.

Una receta simple de dos pastillas,
novecientos gramos de niebla clara,
dos cucharadas de glaciares de mirillas,
un aluvión de fotolitos de palabras.

Esperar tanto me sirvió para nada,
pero me enseñó el lenguaje morse
que se escondía en la inocencia perdida,

en la desesperanza, la pena de su goce,
en la soledad, una oscuridad que temblara
lo que en recuerdo es sólo niebla condensada.


Un brevísimo poema sobre otro suceso de la vida... 
Los dejo con una canción para aquellos que saben
que hay tanto idiota ahí fuera.

Puede ser que mañana esconda mi voz
por hacerlo a mi manera,
hay tanto idiota ahí fuera,
puede ser que haga de la rabia mi flor
y con ella mi bandera,
sálvese quién pueda... 
Vetusta Morla


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...