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11 de junio de 2013

À bientôt Bernard




Un día más entró por la puerta y mi felicidad se había lanzado noches atrás por la ventana, se colaba una especie de aire pútrido con olor a desesperanza mientras la tranquilidad sólo se turbaba con una respiración débil y aletargada. Cuando era pequeña pasaba todos los días de verano volteando hacia una ventana a través de la cual los gatos hablaban citas nocturnas y en la línea del horizonte se alzaban luminarias silenciosas y me preguntaba dónde estabas, si estarías vivo para cuando me tocara encontrarte; por alguna extraña razón cada noche se apagaban las estrellas, ¿serían a caso mis deseos hacia ellas muriendo?


La oscuridad no hace otra cosa que devorar mi valor y constantemente las sombras rodean ese nicho oscuro en que se ha convertido mi recamara; mi imaginación sólo juega con tu nombre aún sin descubrir y muchas veces durante diciembre me quedé pensando en él como algo inalcanzable, en tu cuerpo bajo la niebla de un bosque de cítisos, en tormentas grises y en truenos atormentando los oídos y estabas tú, cubriéndome de calor lo que reinaba de frío en esa atmósfera de un pasado benévolo con mi sentir.

Bernard, necesito que seas muchas cosas hoy en mi vida, quisiera que fueras el día que te tuve más cerca que nunca, un aeropuerto sin vuelos de partida, un suspiro que no busque más ventanas abiertas, el único beso que no te dije; y entiendo, mis palabras son menos que cenizas en una urna abierta, ni siquiera tengo razones de peso para pedirte que vuelvas a mi sitio, pero la piel se me enchina pensando en que aún no he deshecho tu maleta; da igual lo que te haya dicho, fluía con vivir el momento, el aire de todas esas cosas que nunca te dije hoy me arrebatan palabras como huracanes eternos. 

El último día antes de irte no quise hacerte más preguntas, parecías feliz, seguramente cuando  recibías estas palabras con un contento sincero que nunca vi yo estaba imaginando que me sonreías con alegría sardónica, pero me equivoqué y  por ello estaré muy lejos bajo 20 años de olvido, convirtiéndome en alguna  Kadyckchan, muriéndome de una hipotermia existencialista, perdida en medio de calles con muchas direcciones y estaciones vacías, ¿estaré yendo hacia alguna parte? Al final tus palabras de despedida fueron sólo unas cuantas palabras cayendo al mar del silencio, se volvieron saladas con el tiempo llegando lejanas a otras orillas que mis oídos por completo las habían olvidado y te llamaba amor sin ser mío, y te llamaba mío sin haber amor; ¿Por qué se ha  incrustado tanto dolor en mi pecho?

Pero estarás haciendo muchas cosas mal. Cuando las luces se apaguen y estés en el asiento trasero en el pico de alguna sierra y quitándote la ropa estarás caminando de nuevo hacia la nostalgia, sin darte cuenta del paso de las nubes distraído mirando hacia el suelo, porque estarás escondido dejando la luz encendida por miedo a recordarme durante la noche y ya pensarás en el tiempo quedándose muerto y en toda la dicha que tenías, te acordarás del tiempo que hace que nadie te dice algo dulce, que nadie te abraza fuerte, que nadie te besa y te dice “mi cielo”; quedándote medio dormido buscando un sueño en cada nueva ruta y no habrá nadie que te salve la vida, serás alguien que existe pero que no vive más, comprenderás que en ese preciso momento fui tan importante para ti que ya no puedes creer que ahora estemos tan perdidos y en polos extremos; el universo está deteniéndose viéndonos dar vueltas como dos locos y tontos, cambiado canales, escuchando canciones que eviten mi nombre, pasando las hojas de revistas que nunca me harán entrevistas, besando cigarros, lamiendo la nicotina con tus labios con olor a “no puedo” y quizá cuando estés más lejos que nunca, te acuerdes de mí y que nadie tenía la culpa, disimulando por la calle las coincidencias de vivir en la misma ciudad o de rozarnos los hombros en algún metro fingiendo no existir, no ver, no oír que vivimos en la misma ciudad infinita. No sé si deba contarte, tal vez busques a alguien que vuelva a ser ese “como nadie” que fui yo, y cuando suceda será el hoy que se va como las hojas del viento que se llevó todo hacia ninguna parte, y de repente cuando de mi nombre no te acuerdes estarás pronunciándolo durante las noches sin quererlo y todos te dirán que te has vuelto el señor cafeína que ya no duerme, y al final, ninguno tenía la culpa. Pero te diré algo, todos los caminos de la soledad te llevarán a juntar tu mano con la mía como si nunca nos hubiéramos tocado, porque estarás huyendo de cualquier estado de tristeza como lo estoy haciendo yo a cada rato y por ende terminaremos en el mismo punto, contando las noches de desvelos y las lagrimas quietas a punto de brotar.

Con tus manos tibias oliendo a madera vieja, tus ojos mirando verano y besándonos en vez de perdonarnos por todo el tiempo perdido y por todos los pesares pasados, juntos en la frontera escapando de cualquier estado de tristeza… contigo riéndote por verme llorar frente a ti y conmigo que lloraba por verte feliz… estando con alguien más. La nostalgia seguramente descubrirá que yo en aquel entonces me escondía en tus ojos mirándote y el día que eso suceda te besaré aunque sea la última vez pero lo haré como si fuera la primera. Te besaré como canta aquella canción de Calamaro... "la otra dueña de aquellos besos, que eran mi descanso, mi fantasía sexual, las ganas de volver a casa, a encontrar todo igual, aquellos besos míos, tus besos"...

16 de octubre de 2012

El rosario de Angélica Altagracia [Micronarrativa]

Casi nunca salgo los domingos, es el único día de la semana en que puedo descansar, es tanto mi ocio que ni siquiera tomo en cuenta los desesperantes sonidos del despertador. Casi nunca logro alcanzar un litro de menudo calentito de Doña Maruja Simanca, a las nueve de la madrugada ya no queda ni un sólo bocado de las dos enormes ollas que elabora dominicalmente. Ese día fue la excepción, no pude dormir nada, ni siquiera con horas de sueño atropelladas que tenía semanas antes, por lo que no sólo pude alcanzar a las seis una buena porción del alimento de dioses marujano, sino que tuve la oportunidad de conocer el esquinero de vendimias que se posaba en la zona turca de la capital. 
      Eran las ocho, pero por el horario de otoño el sol tardaba en salir, las calles conservaban aquella oscuridad que hacía que las personas dudasen en si era tarde o temprano. Algunos puestos ya estaban instalados, cuánta gente extraña, cuántos rostros misteriosos una y otra vez, mujeres de piel canelosa y ojos turquesa; hombres de barbas negruzcas, una anciana con un ojo de vidrio mirándome estrepitosamente a contraesquina del Café Bagdad. Sentí una náusea tremenda, quería abandonar el lugar, un callejón en donde sólo era un extraño, un sonámbulo que cualquier otro domingo seguiría pegado a las sábanas. 
      Pensé en la muerte, pensé en mi divorcio con Armida, pensé en los multiples fracasos como educador, pensé y me vi a mí mismo como un personaje de Carlos Fuentes. 
Me percaté también de que en el callejón turco, pese a su localización céntrica, las campanadas de la catedral de Nuestra Señora de Monteclovio no se escuchaban, quizás el sonido de las castañuelas de medio oriente engullían el repique judeocristiano; superposición inmediata de divinidades, duelo de deidades, fascinante pero provocante de agruras y estruendos en mi aparato digestivo.
        Me acerqué a uno de los puestos, allí había un rosario, escuálido, de colores que alguna vez emanaban un verde vida pero que ahora parecían rocas chapadas en musgo. El rosario me hablaba, algún susurro salía de su interior, lo tomé con mi mano y lo acerqué a mi oído derecho. Ruuuubéeeeeen - me decía.
-¿Qué quieres, quién eres? -  Ruuuubéeeeen - ¿Quién eres? - le preguntaba.
Entonces, inmediato a mi interacción con aquella reliquia que parecía de principios de siglo, un turco me dijo con un acento desgarrado que aquella vendimia me costaría barata por ser el primer cliente en pararse frente a su sitio.
No sé cuánto pagué, me sentía himnotizado por el objeto, aquel susurro pausado que emanaba mi nombre.
- ¿A quién le perteneció esta cosa?- el gitano no dijo nada.
- ¿conoce usted la historia de este artefacto? - insistí. Aquel hombre me miraba con un desprecio y sonreía macabramente.
Metí el artículo en mi bolsillo derecho y seguí caminando, esa náusea, ese asco, ese pensamiento a muerte me rodeaba como moscas, comencé a toser, me rasqué la cabeza y de improviso jalé sin dificultad un denso mechón de mi cabello, se estaba cayendo con facilidad, ¿qué me está pasando?

       Con las fuerzas que me quedaban, logré dar vuelta en la calle Alfaro y pude subir a mi departamento, jamás me parecieron más eternos los veintiséis peldaños que de a diario subía para adentrarme a mi hogar.
-Rubéeeen.- suspiraba el artefacto sacro- Tú no me conoces, pero yo sé quién eres...
En delirio logré sentarme sobre el colchón, comencé a mirar borroso, no podía hablar, vomité el desayuno divino, debió haberme hecho daño, aunque atribuía mi malestar a mis desgracias mensuales, no quería aceptarlo pero estaba convencido de que aquel objeto estaba controlándome y que sus suspiros, suspiros de una mujer, me estaban tragando la poca alma que me quedaba.
         Caí en sueño, no sin antes, con la borrosidad en la vista, creer ver una silueta difuminada sentada en la mecedora de a lado, alcanzaba a distinguir un cabello rubio casi blanco, un vestido elegante, luego los ruidos dejaban de escucharse en el rosario y se perpetraban a lo largo de mi cuarto.
-Rubéeen, no me conoces pero quieres estar conmigo... lo sé.
Ipso facto escuché una risa que no parecía de este mundo, y en sueño caí.

Desperté tiempo después, era tarde, y el clima era similar al de la mañana, la misma sensación a horas menudas en que el sol o sale o se posa, tembloroso y con marcas en mi cuello, aterrado bajé corriendo esperando encontrar al gitano que me vendió la pieza y reclamarle el sentimiento y pavor.

       Continué pensando en la muerte, en mi divorcio, pero también embelesado por aquel súcubo, aquel demonio de quién no sabía nada y a quién deseaba de una manera enfermiza... bajé por la calle principal, el callejón turco comenzaba a empacar para irse sabrá Dios a dónde. 
¡Ay destino, ay cruento destino!, mi mano sangraba, tenía tan apretado el artefacto a mi mano que una de sus incrustaciones se enterró a mi piel y comenzó a brotar el líquido de la vida, busqué con la otra mano al gitano, todos parecían el mismo, un organillo sonaba una tétrica canción, no escuchaba los repiques del templo, estaba solo en tierra hostil. 
           Al fondo de la calle, sin inmutarse, la vieja del ojo de vidrio me miraba con una sonrisa maquiavélica.
-¿Dónde... de quién... de qué es este rosario?- le pregunté.
Ella se río y después de un tiempo miró mi brazo ensagrentado y me comentó que dicha reliquia le había pertenecido a Angélica Altagracia, una marquesa de siglos pasados que había emigrado a México, muchos decían que solapaba sus prácticas de brujería en arte sacro. La señora, riendo, me comentó que Altagracia había sido hacía algunas vidas, la amante del mismísimo Lucifer, sé que no dijo Lucifer, dijo un nombre en Turco, pero luego me hizo la aclaración de que algunas entidades tenían más nombres que siglos transcurridos en el planeta.
Mis pies temblaron, a lo lejos miraba a una mujer... era ella, Angélica Altagracia, ya no tan borrosa. Los cientos de turcos a mi alrededor, incluida la señora del ojo de vidrio se quedaron congelados; en el cielo palomas suspendidas sin moverse como volando, aquel demonio había detenido el tiempo y se acercaba lentamente. Yo no podía mover más que mis ojos, intentaba gritar, salir del dolor, pero no lograba nada.
Entonces, viendo su siniestra marcha, acepté mi destino, pensé en mi divorcio nuevamente, pensé en el caos y la podredumbre de aquellos chiquillos malcriados a quienes instruí en sus clases de geografía. Pensé en mis pocos amigos que me llamaban tartamudo o se burlaban de mí.
          Ella es la indicada, Angélica Altagracia es la indicada, ya viene en camino, su cabello es rubio rayando a lo blanco, no tiene pies, está flotando y sus manos no tienen carne ni piel, son dos huesos.
Sé que no tiene ojos, ya la veo claramente, hay dos cuencas y sé que en el fondo de ellas hay un espejo, sé que en su boca hay muerte pero esa muerte es una salida divina. Ella tiene lo que busco, el vacío que busco, la muerte que busco, ella lo tiene...
El rosario se está quemando en la palma de mis manos y ella ya está a unos metros de mí... ahora la escena de gitanos está al pendiente, como aplaudiendo nuestro encuentro.
Angélica, Angélica del demonio, sé que seré un amante más, un alma a tu colección, sé que usarás mi espíritu y lo engullirás con la alegría y la náusea con la que yo comí el menudo.
Angélica, estás suspirando mi nombre,
estás cada vez más cerca de mí...
Angélica Altagracia, has pescado un pez grande...
Angélica...
Angélica...
An-gé...

***
mfd

10 de septiembre de 2012

Decepción plasmática- Recuento de una vida

Arte plástico- El Jardín de las Estatuas Danzantes

Y hasta la palabra vacío, me llenó 
-Gustavo Cerati- Tracción a sangre- Fuerza Natural

Se lo llevó la tormenta del tiempo,
lo desapareció la dicha de la vida;
llevo de él dos años de duelo
y un temblor de odio en las rodillas.

Los días los tenía bien contados,
nadie pudo llamar a la policía,
desapareció luego de dos años
que el frío se robara su poesía.

En la almohada guardo bilis amarilla,
un poco de cólera en la cama;
tomo un somnífero dos veces al día
porque sólo así las voces se acalambran.

Una receta simple de dos pastillas,
novecientos gramos de niebla clara,
dos cucharadas de glaciares de mirillas,
un aluvión de fotolitos de palabras.

Esperar tanto me sirvió para nada,
pero me enseñó el lenguaje morse
que se escondía en la inocencia perdida,

en la desesperanza, la pena de su goce,
en la soledad, una oscuridad que temblara
lo que en recuerdo es sólo niebla condensada.


Un brevísimo poema sobre otro suceso de la vida... 
Los dejo con una canción para aquellos que saben
que hay tanto idiota ahí fuera.

Puede ser que mañana esconda mi voz
por hacerlo a mi manera,
hay tanto idiota ahí fuera,
puede ser que haga de la rabia mi flor
y con ella mi bandera,
sálvese quién pueda... 
Vetusta Morla


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